Sobre las atrocidades que se cometen a diario en la vecina Colombia, todos se creen curados de espantos. Son tan complejas y variadas las fuerzas que impulsan la violencia, de por sí crónica, que da la impresión de que no hay forma humana de ponerle coto. Gravitan en la tragedia colombiana las mafias del narcotráfico, que se sustentan en poderosas organizaciones económicas y en ramificaciones en distintos sectores sociales y países. Por la vecindad, los vínculos históricos y porque comparten una frontera común, a Panamá preocupa particularmente el nivel de inseguridad que se padece en Colombia. Los secuestros individuales y masivos, los asesinatos, los asaltos y los enfrentamientos armados son la moneda corriente en la lucha fratricida en que se encuentra postrada aquella nación. No están exentos de los horrores los niños, mujeres y ancianos. Hasta un arzobispo católico fue víctima hace algunos meses de la venganza. Las informaciones de las últimas horas indican con crudeza que en el vecino país la degradación no tiene límites. Se asegura que las FARC, el más importante grupo rebelde alzado en armas, están secuestrando civiles para que conduzcan aquellos vehículos que son cargados con explosivos para que estallen en sitios transitados. Esta aberración sin nombre es condenable, ya que se trata de una afrenta a los valores humanos.
Hoy por Hoy 2003/01/13
13 ene 2003 - 05:00 AM