A pesar de las promesas de campaña de permitir el acceso de la información pública a los ciudadanos, la hipocresía de la dirigencia política oficialista persiste y el cinismo reina. Se burló el espíritu de la ley de transparencia con una reglamentación que la descabeza. Como dice el refrán: cuanto más cambia la cosa, más es lo mismo. Es por eso que, cuando queda evidenciada la falta de capacidad de las autoridades, desaparece el aporte del Gobierno y se manifiesta el derroche improductivo. También quedan al descubierto las prebendas y el clientelismo, que es mucho más costoso que el mero nepotismo. A la hora de los favores no solo están los funcionarios, sino también el séquito de los favorecidos. Reformar el Estado, limitar el hábito nefasto de nombrar parientes a granel y, sobre todo, dar transparencia a la cosa pública son pasos ineludibles para que la silenciosa pero cada vez más impaciente mayoría pueda recobrar la confianza perdida. Queda al menos la esperanza, pero el ejemplo debe darse ya. No en el 2004, cuando, tal vez, del país no quede nada.
Hoy por Hoy 2003/02/03
03 feb 2003 - 05:00 AM