Como si nos despertáramos de un buen sueño, Panamá amanece con la novedad de que la ANAM no ha muerto. Vive, y con responsabilidad hizo valer su primer nombre: Autoridad. Aunque es inmenso y en gran medida insoluble el daño causado tradicionalmente al medio ambiente, reconforta que el Estado, a través de la ANAM (Autoridad Nacional del Ambiente), haya dejado de apadrinar la cotidiana fechoría ecológica, al atreverse a sancionar a dos empresas contaminadoras. Es cierto que las compañías en cuestión pueden interponer un recurso de reconsideración, pero, la imposición de las multas significa un paso importante en la necesidad y aspiración ciudadana de reconquistar la armonía ambiental y en el intento de transitar hacia una senda de desarrollo sostenible. En los casos de contaminación de las aguas por vertidos de diesel liviano y colorantes, las autoridades identificaron negligencia y ocultamiento de información por parte de las empresas involucradas. El sector público, el privado y el conjunto de la ciudadanía deben tener conciencia de que más que nunca es preciso cuidar el espacio vital, hoy deteriorado por la acción predadora humana. La ANAM no debe renunciar a su misión de custodio del entorno ambiental. Si de sanciones se trata, debe poner sin miedo en su lista los destructores de los ríos, como el Pacora, a los tuqueros, a los piromaníacos de los montes y a los verdugos de perdices, patos y torcazas.
Hoy por Hoy 2003/05/08
08 may 2003 - 12:00 A M
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