Las descalificaciones entre la presidenta Moscoso y el procurador Sossa son una especie de teatro del absurdo. Un acto de este drama se basa en las omisiones en que ambos han incurrido en la lucha contra la corrupción. Los hechos son patéticos, las encuestas de opinión lo reflejan y la realidad lo demuestra: ninguno de los dos ha demostrado voluntad política para enfrentarse con seriedad y responsabilidad al delito de la corrupción, que suele no dejar factura. Por un lado, Moscoso cercenó la única esperanza que tenía la población para que los funcionarios rindieran cuentas, y con la patraña de “parte interesada” alteró el espíritu de la ley de transparencia. Ni hablar de su fallido intento por salir del paso con la mal concebida Comisión Anticorrupción, que no pudo implementar ni una sola acción. Por otro lado, Sossa permitió que caso tras caso prescribieran, potenciando así a muchos funcionarios a rangos y categorías de inmunidad e impunidad. Es irónico que siendo los periodistas los únicos que salieron a denunciar diversos casos de corrupción, reciban, tanto de Moscoso como de Sossa, solo descalificaciones. La presidenta porque se siente víctima de un supuesto morbo, y Sossa porque no se presentan las pruebas sumarias. En vez de estarse acusando mutuamente y exhibir posturas de tragicomedia, deben hacer cumplir la ley y la Constitución, porque es la mínima función que les exige la sociedad.
Hoy por Hoy 2003/05/20
20 may 2003 - 05:00 AM