Los partidos políticos -que hoy son sinónimo de corrupción y vergüenza- tienen la ineludible responsabilidad de revertir la crisis de credibilidad que los afecta. Para lograrlo, es necesario que cambien de actitud, ya que su misión debe estar consagrada a la búsqueda del bienestar colectivo y no para amasar una fortuna personal. Pareciera que la mayoría de los políticos pretende la conquista del poder con el único propósito de acomodarse, de hacer de él un arma para torcer brazos, encumbrarse y desde allí enriquecerse. Es evidente entonces que los papeles -y propósitos- se han invertido, de ahí la necesidad de un cambio profundo y verdadero. Pero, como están las cosas, será muy difícil que tal reforma se produzca en el corto plazo, pues los llamados a promoverla son, precisamente, los que se benefician con no hacer nada. Y ese es un error que se paga caro en las urnas. La experiencia demuestra que los políticos cuyo discurso es la demagogia y el populismo terminan en muchas ocasiones en el cementerio del descrédito y el olvido, arrepentidos de no haber hablado con la verdad y de no haber vivido como hombres y mujeres de bien.
Hoy por Hoy 2003/07/13
13 jul 2003 - 05:00 AM