El transporte colectivo de la capital y localidades aledañas es un dolor de cabeza para la ciudadanía, que es víctima de la componenda, la desorganización y la irresponsabilidad. Una mayoría de los propietarios de los autobuses no ha honrado el compromiso firmado hace algunos años para ofrecer un servicio con un mínimo de calidad y seguridad para los usuarios. Ha ocurrido lo contrario: son visibles las precarias condiciones mecánicas de muchos autobuses, la incompetencia de los choferes y la excesiva velocidad con que son conducidos los vehículos, que, con tal de recaudar las cuotas financieras diarias no les importa ser una amenaza para los asociados. De tanta calamidad crónica, cual Poncio Pilatos, se lavan las manos los propietarios de autobuses, quienes cuentan con una especie de bendición de los funcionarios, que se rigen por una ley, no solo absurda y sin pie ni cabeza, sino que crea la Autoridad del Tránsito, una de las organizaciones públicas más carentes de autoridad. A este cuadro demoledor se suma la inasistencia de los representantes de asociaciones y gremios interesados en el asunto a una convocatoria de la Comisión de Transporte de la Asamblea Legislativa para debatir propuestas de solución. Si bien la “bancada transportista” ha frenado esfuerzos anteriores, la falta de participación ciudadana es un nuevo impedimento para superar el caos imperante.
Hoy por Hoy 2003/08/05
05 ago 2003 - 05:00 AM