Berna D. Calvit bdcalvit@sinfo.net Humo y espejos. Hay tanto humo en los dos últimos escándalos, el de los magistrados Spadafora y Cigarruista, y el del CEMIS, que no veo con claridad. Y no sé en cuál de los tantos espejos que sirven para el truco está la realidad. Suele decir mi cuñada Silvia, cuando un problema se suma a otro: Encima que el pueblo está lejos, ponen la iglesia en el campo. Como si no sobraran escándalos (HP-1430, Cartier, Punta Mala, Cadillac, Festival de la Juventud, y muchas etcéteras), los casi apocalípticos acontecimientos que surgieron a partir del pasado 9 de enero me hacen pensar en un tanque séptico que se desbordó. No resulta fácil mantener la sonrisa y el buen humor ante tanta pestilencia pero... ni modo.
Empiezo. Después de ganar las magistraturas del Ejecutivo, la fogosa y omnipresente Balbina Herrera citó la suma millonaria que, según ella, convenció al legislador Afú de que Spadafora el Agachado y Cigarruista el Locuaz eran las últimas coca-colas del desierto, las mamá de Tarzán, la última chupadita del mango. La cifra me dejó en estado catatónico; ni en mis más locos sueños llegará tanto dinero a mi cuenta de banco más escuálida que las que mostró el ex legislador Cigarruista como prueba de honradez. Herido en lo más profundo de su ser, Afú, en un súbito despertar de honradez decidió desembuchar lo que hasta ese día callaba: el pequeño adelanto de billetes, afudólares para siempre. Ante mi televisor, trataba de ubicar al director del pésimo montaje teatral que le había dicho al actor que con agitar histriónicamente los 6 mil afudólares (que se volvió a embolsar) y jurar por su honor y todos los santos que le tenían el estómago revuelto, se iba a convertir en el Robin Hood de todos los panameños e ídolo de su querido pueblo. ¡Vaya descaro y desatino! Pero para sus fines revanchistas no le salió del todo mal el mea culpa.
En su desbarrancamiento arrastró a varios de sus colegas y entonces ya no fue Troya la que ardió sino toda Panamá. Mis neuronas, curiosas preguntan: Afú, en su arrebato, ¿no se dio cuenta de que estaba llevándose en los cachos a los empresarios del CEMIS y al proyecto mismo? ¿No paró mientes en que el proyecto nació como bebé mimado del Ejecutivo? ¿Es tan corto de entendederas que no calculó que el oleaje que iban a levantar sus declaraciones iba a llegar con efecto de maremoto hasta palacio? (como en efecto ha sucedido) ¡Ño! Olvidaré gustosamente el papelón de Afú si sirve para aclarar qué hay en este friforol.
Pero otros asuntos llaman mi atención. El legislador Alvarado dijo, aunque después dijo que no dijo lo que parecía que había dicho, que su voto de amistad por Spadafora, también tenía su premio: que con su desprendido y generoso acto de solidaridad hacia sus colegas, el Ejecutivo les devolvería las partidas circuitales, acuerdo que pactó cara a cara con la presidenta Moscoso el 28 de noviembre en Chiriquí, (no dijo la hora). ¡Ay señores! Tengo la impresión de que esto se parece cada día más al escándalo de los plomeros de Nixon en el Watergate y al escándalo de Clinton, que empezó en Little Rock, Arkansas y terminó en la Casa Blanca levantando el polvo de las travesuras sexuales de Clinton en el Salón Oval.
En este sórdido festín, los medios han hecho, en enero, su agosto. Los paparazzi locales le siguieron los pasos, mejor dicho, las llantas a Afú, hasta la casa del contralor Weeden, hacia donde salió disparado casi a medianoche, después de largas horas en la Procuraduría. Y como las excusas están para eso, la excusa fue recoger el celular de alguien, asunto de vida o muerte para el dueño, que no iba a poder ver la luz del sol sin el aparatito. ¡Qué descortesía y falta de consideración con el pobre y abnegado contralor que estaba tumbado por una fuerte gripe! Dice un refrán que, para decir mentiras y comer pescado hay que tener mucho cuidado. Porque a todo esto, los afudólares ya habían visitado la casa del contralor ese mismo día y, ¿qué dianche tenía que ver el señor Weeden con ellos que, en todo caso, debieron quedar en manos de la Procuraduría? Todo está tan turbio que hasta los paseos de los afudólares son un mal chiste. ¿Es que acaso estaban marcados cuando, según él, se los entregó su colega Castillero? Lamento que mis detectives favoritos, Sherlock Holmes y Hércules Poirot, no puedan venir a desenredar esta madeja de corrupción y desvergüenza. Sólo nos queda confiar en que esta vez la Procuraduría se reivindique y desenmascare a los culpables para que la justicia se encargue de ellos sin importar a qué partidos pertenezcan (sí señores, en plural) y sin que los proteja lo encumbrados que puedan estar. Sólo así habrá valido la pena esta vergüenza nacional e internacional. Ojalá pronto se cierre este bochornoso capítulo con el castigo que cada uno de los culpables merezca: los comprados, los compradores y los beneficiados. Que no les sirva esconderse detrás de cortinas de humo ni servirse del engañoso truco de los espejos.
