Comienza un nuevo año escolar en el sistema público de educación, signado por el retraso en el inicio de tan importante periodo, lo que significará una menor cantidad de horas de clases en un sistema al que, entre otras muchas cosas, le falta tiempo para desarrollar el corpus programático establecido.
Si lo miramos en su conjunto, el panorama no es muy alentador que digamos: escuelas cuyas obras de reparación no se han terminado, las sombras de un año lectivo 2008 con más despropósitos que aciertos, cuatro ministros de Educación en un solo periodo de gobierno y la siempre polémica calidad de la educación.
Sin embargo, cada vez que un periodo escolar comienza debe ser tiempo para la esperanza, la del individuo que aprende, la del que enseña, la de la familia, la de la sociedad, la de la nación misma.
Gran parte del futuro del país se forja en las aulas de clases, y es allí donde nos lo jugamos, pero para que esto sea así, primeramente se han de dar ciertas factores que competen a todas las fuerzas de la sociedad. La interacción alumno–profesor es el último eslabón en la cadena del sistema educativo, tan cierto es esto como que es en ese eslabón en donde todos nos atrevemos a pedir rendición de cuentas, dejando en un conveniente olvido que la escuela no es únicamente el edificio donde esa interacción se lleva a cabo.
La escuela es la sociedad entera, y por ello, son todas sus fuerzas vivas las que tienen que asumir la responsabilidad ante la falta de calidad de la educación (circunstancia no exenta de relatividad).
Como buen propósito para este 2009, deberíamos dejar de lado las múltiples acusaciones sobre responsabilidades de la actual situación y de una buena vez empezar a materializar las respuestas a las necesidades de las que está urgida la educación nuestra.
Miles de profesores y maestros iniciarán este año escolar con el entusiasmo de llevar a término una labor bien hecha a pesar de los múltiples inconvenientes, muchos de ellos con una deficiente preparación, desprovistos de recursos metodológicos y materiales, excluidos de un verdadero plan de actualización, pero con el interés de ese llamado que a muchos los ha llevado a esta profesión.
Seguramente quien lea este artículo pueda señalar a más de un docente que con sus actos y apatía desdiga mucho de la profesión–vocación del enseñante, pero por cada uno de esos habrá muchos más que allá en las áreas de difícil acceso –donde alumno, maestro y escuela parecen olvidados–, en las conflictivas zonas rojas de las áreas metropolitanas o en cualquiera otra área donde las necesidades espirituales, emocionales y materiales campean a sus anchas, están sembrando la semilla del Panamá mejor al que es justo aspirar.
Más allá de las huelgas por conquistas salariales, más allá de la ideología del conflicto, de la pérdida de clases por cualquier asunto baladí, del bajo nivel con que el alumno llegue después de tan largo receso, y más allá de las vulnerabilidades del Ministerio de Educación, del retraso de las obras de restauración de edificios, de los nubarrones que se ven en el horizonte en las propuestas electorales vacías, tenemos forzosamente que aferrarnos a la esperanza y no detenernos a esperar a que el problema se resuelva por el oficio de un mago.
Ya hace décadas lo dijo con preclara inteligencia José Daniel Crespo: “En educación, detenerse es retroceder”.

