CRECIMIENTO CULTURAL

¡Lea, caramba, lea!: Querube del Carmen Henríquez U.

Esta es una de las frases favoritas de mi padre. Solía emplearla ante nuestras preguntas curiosas, cuyas respuestas, a juicio de él, debían ser descubiertas en los libros. Y así, llevados casi que “de jalón de oreja”, iniciamos un hábito que se convertiría, a la postre, en uno de los placeres de nuestra vida.

La “trillada” frase de mi viejo, aunada a mi encuentro en primer año de secundaria con la amable profesora de Español Judith de Riquelme, en mi amada escuela Pedro Pablo Sánchez, en el distrito de La Chorrera, logró despertar en mí ese interés por la lectura. Y es que la primera novelita juvenil, Piti Mini, asignada por ella, hizo, “cogerle gusto” a aquel hábito, inicialmente “casi que impuesto” sabiamente por mi padre. A la referida novelita, le siguió la lectura de pasquines de mis compañeros de colegio, que devorábamos en lecturas grupales en un solo día, por lo entretenido que nos resultaban. Condorito, Kaliman y Memín se convirtieron en compañeros inseparables de recreos. Si bien, no era la lectura propia de un erudito, sí ejercitaban el hábito de lectura adquirido. La lectura de pasquines estuvo acompañada de asignaciones académicas de lecturas que reforzaron nuestro interés en leer. Narraciones panameñas, El Coronel no tiene quien le escriba, Corazón y el inolvidable Zarco; amén de los cuentos y fábulas de una antiquísima enciclopedia ilustrada, El Tesoro de la Juventud, hallada de casualidad en la biblioteca de mi viejo, hicieron su labor.

En ocasión de la realización de la Feria del Libro (que exhorto a visitar), destaco las ventajas que obtenemos a través del hábito de la lectura. Al leer conocemos y aprendemos. No hay duda. Y actualmente no hay excusa para no leer. Antes teníamos que comprar los libros. Los más osados, íbamos a ciertos comercios del área de Obarrio y vía España en donde leíamos, de pie, los excelentes libros que se exhibían para la venta, que no podíamos comprar, porque como estudiantes universitarios teníamos un presupuesto limitado; es decir, estaban fuera de nuestro poder adquisitivo. Había que “sortear” al seguridad de turno para evitar los engorrosos llamados de atención y te salían hasta “canilleras”, pero nuestro afán de lectura, podía más.

Hoy, con el avance de la tecnología, es fácil y casi que inexcusable no leer. Sería útil, entonces, además de nuestra habitual navegación, “casi que religiosa” por las redes sociales o YouTube, que dedicáramos tiempo a leer uno que otro artículo, ensayo o hasta un libro en PDF (encuentras muchos en la internet), y que inculcáramos ese hábito en nuestros hijos.

Leer, además de brindarnos conocimiento, nos ayuda a ampliar nuestro léxico. Al leer haces tuyas palabras o frases cuyo uso o significado era, en otrora, ajeno y desconocido. Eso sí, asegúrate de investigar su significado y correcta escritura, antes de emplearlas. No te suceda lo que a un compañero de la universidad (con tremendo delirio de erudito), quien le dijo a un profesor, ante un salón con 60 estudiantes, “profesor, usted tragiversa las cosas” y el profesor, en ejercicio de su función docente, le aclaró “señor fulano, agradezco su llamado de atención, pero para la próxima, no se dice tragiversar, es tergiversar”.

Añoro, en mi país, ver la organización de más eventos destinados a promover el necesario hábito de la lectura (más ferias de libros, concursos de lectura estudiantil y adulta, grupos de lectura para todas las edades). De igual forma, creo firmemente en el aporte que los educadores deben dar en este sentido. Observo que, a veces, designan a los estudiantes lecturas muy engorrosas para su edad y madurez emocional que, lejos de despertar su interés, francamente les produce pereza. Ponga a un chico de 12 años a leer Troya y quedará bostezando después de las segunda página y buscando, afanosamente, el famoso resumen en internet, perdiéndose la “sabrosura” de la historia completa.

En su lugar, se podrían designar cortas novelas o que los estudiantes lleven a clases noticias de periódicos acerca del medio ambiente, de la cultura o de la salud, para leerlas y comentarlas allí.

Cuando alguien me pregunta, ¿qué me recomiendas leer? Le digo, “lee acerca de temas que te interesan y de los que no te interesan, también. Los primeros, refuerzan tus creencias, actualizan el conocimiento que posees y te brindan otros más. Pero, los segundos contribuyen a mantenerte informado. Y para aquellos que aún se resisten a la lectura, porque piensan que es “cuestión” para ciertas personas o profesiones, pues, recurran tan siquiera a los periódicos o a las revistas, pero ¡lean, caramba, lean!

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