El informe divulgado en Londres sobre el Bloody Sunday no solo arroja por fin la verdad sobre la matanza de 13 católicos norirlandeses por los paracaidistas británicos, sino un puñado de lecciones que todos los gobiernos (y hoy sobre todo el de Israel) deberían imprimir a fuego en su manual de supervivencia.
La muerte de manifestantes pacíficos (véase la película de Paul Greengrass, el mejor filme documental del episodio) no solo llevó el drama a decenas de hogares de una ciudad, Derry, depauperada en los años 70 por la represión británica y ahogada por la falta de derechos y libertades para la población católica, sino que situó la causa católica contra los protestantes británicos en un faro que aún brilla alto en la escena internacional. “Si algo supuso el domingo sangriento es que el Gobierno británico lanzó a los brazos del IRA a toda una generación de jóvenes”, me comentó Greengrass cuando estrenó su película en España.
Así fue. El drama que se vivió en el gueto del Bogside colocó un altavoz al conflicto, amasó la simpatía del mundo por una comunidad aplastada, fortaleció al IRA, y degeneró en una espiral de atentados y contraterrorismo que sumó 3 mil muertos. A diferencia del terrorismo de ETA, el domingo sangriento colocó al IRA en el lado emocional de los buenos, para una gran parte de la opinión pública internacional. Y esa fortaleza hizo posible un proceso de paz que culminó en 1998 con los Acuerdos de Stormont.
Pero no es esa –la de la legalidad– la única lección que deben aprender los gobiernos. Después de la matanza, Londres promovió una investigación de atrezzo para simular la acción del estado de derecho ante la atrocidad. En solo tres meses, el informe Widgery exoneró a los soldados, justificó su acción alegando legítima defensa sin prueba alguna y no explicó por qué algunas víctimas habían sido tiroteadas por la espalda.
¿Les suena? El paralelismo con las explicaciones que propaga Israel sobre el ataque a la flotilla humanitaria en aguas internacionales es clamoroso: legítima defensa, eran terroristas y las únicas pruebas en la mano, las que muestran hasta cuatro disparos en los cadáveres de los nueve fallecidos, no parecen existir. Todo gobierno puede tener la tentación de maquillar sus errores bajo mentiras, pero cuando la evidencia es clamorosa, cuando las pruebas dicen lo contrario y el Gobierno sigue abrazando la versión errónea de lo ocurrido y una narrativa exculpatoria, las matanzas, las represiones y los actos injustos no solo fortalecen al enemigo. Acaban volviendo. Y aunque la verdad tarde casi 40 años, como el informe culminado el martes en Reino Unido, siempre se paga.