El mundo entero ha sido sacudido por la revolución que se ha desencadenado en Egipto desde el 28 de enero pasado. Y no es para menos: Egipto es un país de liderazgo considerable entre los países árabes, como también entre los países africanos y del Medio Oriente.
En los casi dos años que viví en El Cairo, como embajadora de Panamá en Egipto (2007–2009), me llamó la atención el carácter amigable de su pueblo hacia los extranjeros, su sentido del humor, su sencillez, devoción religiosa y facilidad para los idiomas.
Entre la élite destacan la opulencia, refinamiento, altos estudios, cosmopolitismo y apertura hacia los extranjeros. Su clase media aspira e imita a las élites, como ocurre en otras partes del planeta. Por otra parte, cuenta con una importante y amplia comunidad científica e intelectual con tendencias liberales y de izquierda moderada, que ha ganado varios premios Nobel.
Entre la comunidad diplomática, la élite y los intelectuales (escritores y periodistas principalmente) a quienes tuve acceso, se comentaba que el pueblo egipcio estaba cada vez más pobre frente al alza de precios de la canasta básica y los servicios públicos.
Pero creían casi todos que la crisis podría estallar a la muerte de Mubarak, en vista de que no se había acordado todavía entre los militares del ejército, principalmente, la ruta de sucesión del poder. Y aun así, muchos opinaban que el pueblo egipcio era sumiso y que no se levantaría jamás. Otros, los menos, temían una revolución de izquierdas que daría acceso a un gobierno socialista a la Abdel Nasser, el cual pondría en peligro sus propiedades. Casi toda la élite egipcia cuenta con pasaportes europeos, además del propio, y sus cuentas bancarias están en Londres o Suiza.
Los eventos desencadenados el 28 de enero pasado, “día de furia popular”, se iniciaron como manifestaciones civiles pacíficas de cientos de miles de personas. El martes pasado fue el “día del millón de personas” (que, al final, sumó a más de 2 millones de egipcios) que marcharon hacia el palacio presidencial para exigir la dimisión del presidente Mubarak, la derogación del estado de sitio (que lleva años de ser impuesto), restablecimiento de las libertades civiles, alto a la corrupción gubernamental, más empleos y elecciones democráticas.
Los analistas coinciden en que esta revolución es una “intifada de jóvenes”, porque la mayoría de los manifestantes son jóvenes de clase humilde, estudiantes y hasta hijos de la élite egipcia. Muchos hijos de militares también están en las calles. La Hermandad Musulmana, y otras agrupaciones políticas de ideologías moderadas han apoyado estas manifestaciones.
Las imágenes circuladas por internet muestran un número considerable de mujeres jóvenes, con burka y sin velo. Hasta niños acompañando a sus familiares se vieron a montones en la plaza cairota de Tahrir (que equivale a nuestra Plaza 5 de Mayo, por su cercanía con el Parlamento y situación en áreas viejas de El Cairo).
A pesar de la gigantesca ayuda norteamericana al gobierno del presidente Mubarak, la muchedumbre revolucionaria no ha emitido en ningún momento voces antiamericanas, ni referencias islamistas, ni discursos radicales. La comunicación para convocar manifestaciones en las calles ha sido predominantemente a través de Twitter.
Tras el comunicado del presidente Mubarak a la nación egipcia, del martes pasado, se introdujo la violencia en las calles de El Cairo, Alejandría, Port Said, Suez y otras ciudades. Mis fuentes aseguran que los grupos pro Mubarak son matones pagados, empleados públicos y agentes de seguridad con la intención de intimidar a los manifestantes y confundir la opinión pública internacional. También han intervenido las agencias de noticias internacionales, entre ellas Al Jazeera. Pero las manifestaciones continúan y la censura internacional crece. El papel que jugará el ejército egipcio será determinante en los próximos días en el cese de la anarquía que se cierne sobre Egipto y en la definición del futuro.
No me cabe duda de que esta es una revolución de enormes proporciones para Egipto y el mundo. Sacudirá el equilibrio (y desequilibrios) de la política mundial, de manera equivalente al derribamiento del Muro de Berlín en 1989. Estados Unidos ya dio la primera campanada: convocó a una reunión con todos sus embajadores y cónsules en el mundo para redefinir su política internacional. Le han seguido la ONU e Inglaterra. Angela Merkel, jefe de Estado de Alemania, ya le habló fuerte a Israel: la política de impunidad israelí frente al expansionismo de asentamientos en tierras palestinas debe terminar.
¿Lecciones egipcias para Panamá? Identifico varias y contundentes, por ejemplo: que los dictadores (militares y civiles), así como el autoritarismo en todas sus formas dejarán de ser tolerados o aupados por las grandes potencias, organismos internacionales de cooperación y organizaciones financieras.
Que con los derechos humanos no se juega, porque hasta aquellos pueblos “dóciles” como el egipcio y el panameño acogen dignidad y valentía en sus corazones. Su paciencia, desilusión y generosidad tienen un límite frente al abuso.
Las autoridades panameñas deberán abrir sus ojos y prestar oídos a las voces diversas y variopintas de todos los panameños, porque la avaricia desenfrenada de la corrupción, la intimidación de medios, el maltrato carcelario, el autoritarismo, el clientelismo, el estrangulamiento sindical, la absorción unipartidista, destrucción ecológica y del patrimonio cultural, entre otras malas prácticas de gestión, sirven de cultivo para el descontento y la sublevación popular. Y para la unificación de grupos políticos otrora diversos y segmentados. Más tarde o más temprano, a todos los dictadores les llega su “día de furia popular”.
Voto por un futuro de libertad, democracia y paz social para el noble pueblo egipcio.