EL CIERRE DE‘ ’RCTV’ EN VENEZUELA.

Libertad y soberanía

La libertad es el derecho por excelencia. Es el bastión que promueve los otros derechos del hombre, que le permite actuar según su propia decisión y deseo al máximo de su potencial, que facilita la equidad y entorpece la dominación y la coerción de un grupo sobre otro. Sin libertad no hay logro alguno, social o económico, político o religioso del que alguien pueda sentirse orgulloso o vanagloriarse. Con logros así, existirá el alcance transitorio del privilegio, incluso del privilegio perdido, pero será tan solo transitorio, porque la esencia del ser humano no la amilanan, permanentemente, ni la esclavitud ni el despotismo, los anversos de la libertad.

La soberanía es también un derecho. El derecho a ejercer autoridad, poder o supremacía política. Por ello, se convierte en un instrumento demagógico, cuando se utiliza como somnífero por gobernantes elegidos o espurios para domesticar la emoción nacionalista de las masas, en el beneficio del gobernante. En esas circunstancias y propósitos, su ejercicio no le es estrictamente depositado al justo ni al sabio. En su nombre se cometen atropellos, se reduce el espíritu, se asesina y se persigue. Los panameños no necesitamos que nos den lecciones de tal soberanía como no tenemos por qué archivar en la memoria -como coartada- los no distantes años de la dictadura castrense, en que en nombre de la soberanía nacional, se sembró el delito como modus vivendi. Recordemos el llamado a la "soberanía" que hicieran Noriega y sus seguidores "civiles", para aferrarse al poder y a la arbitrariedad.

Es necesario recordar a los que nos gobiernan que la riqueza no se hace empobreciendo, que la democracia no se labra persiguiendo, que la artesanía de la dignidad humana se asegura con el respeto a la persona y que la legitimación se pierde, cuando se apaga la libre expresión de las ideas. Los paredones de los años 50 y 60, que sembraron sangre en el Caribe por el solo hecho de disentir, se traducen hoy en Venezuela con persecuciones, enfrentamientos de clases, francotiradores callejeros, un ejército al que se le enseña "obediencia debida" y se le obliga un "saludo", que lejos de patriótico es de la más detestable estirpe prusiana.

¿Qué diferencias hay entre "Patria o Muerte" y "Ni un paso atrás"? ¿En que método y logística del terrorismo urbano se diferencian los "Batallones de la Dignidad" de los "Círculos Bolivarianos"? ¿Hay diversidad entre la separación –allende las fronteras– de la familia panameña y la disgregación de la familia venezolana? ¿Se acuerdan de aquella firme y altanera frase, "¡Desde Ya!", con el cierre y vandalismo destructor a las propiedades del Diario Libre de Panamá, La Prensa, y el cierre en Venezuela, esta semana de RCTV? O, ¿la vergonzosa labor rastrera de la Corte Suprema de Justicia panameña de aquellos años y lo que hoy serpentea la Corte Suprema de Justicia venezolana? Venezuela es hoy, la Panamá de los años 70 y 80. Y, como si fuera poco, se exportan a los pueblos latinoamericanos las consignas cáusticas con los dineros del pueblo venezolano, abundante para afuera, porque la causa se compra, hoy día, cuando ya no convencen sus falsas bondades.

La camiseta roja que se vistió antes de anoche en México para acallar las voces contrarias de los venezolanos que allí viven, cuando salieron a protestar por el cierre "soberano" de su estación televisiva más antigua, no es nada diferente de las que rápidamente se pusieron, sobre sus ropas, panameños llevados al claustro universitario nacional, aquella larga noche, en que fue visitada, la Casa de Octavio Méndez Pereira, por el megalómano bolivariano. Y es que su sueño es ver el continente ensangrentado en luchas de clases, no para que el pobre mejore su condición, sino para que le dé rienda suelta al rencor y a la venganza.

Es por ello particularmente preocupante, que altos personeros del Gobierno Nacional utilicen el argumento de la decisión soberana para no hacer una valiente defensa de la libertad que, paso a paso, le cercena a los venezolanos, su enfermizo presidente. O, que partidos políticos, que conocen del valor de la libertad para existir como formas civilizadas para gobernar y asegurar la participación ciudadana de las decisiones nacionales, se silencien a la fuerza de un señalamiento dactilar, de una árida mirada o de una expresión de parque de distracción. Y, no quiero pensar pero debo señalarlo, sería ignominioso que el silencio lo imponga un litro de gasolina, la enucleación de una catarata, o la separación de un pterigio ocular.


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