Término en desuso, obsoleto en nuestro vocabulario cotidiano. Es más, si no me equivoco y consultando el almohadón telefónico, creo que en San Miguelito no han visto un ser así llamado. Dicen que la cultura de un pueblo se mide por sus librerías, bibliotecas y centros de arte. Aquí no tenemos esta clase de cinta métrica. Nosotros medimos nuestra cultura por la cantidad de guaritos (garitos de guaro), emisoras y programas de TV que destruyen nuestras células grises anticipando el mal alemán que terminará por tragarnos.
Aquí el reggae llegó para quedarse fren, y las librerías para irse. Así se llevó candanga a la Athenea, a Legend a Campus y a tantas otras, porque el cretinismo endémico del panameño así lo quiso. Es probable que en una población capitalina, incluyendo el ya mentado distrito de San Miguelito, un tarrantan de seres jamás hayan abierto un libro para su consabida lectura, manso plomo esa vaina de pasar páginas y páginas, cuando una canción podrida se la aprende uno en un abrir y cerrar de ojos. ¡Líbrame de los libros!
Y es que el placer de la lectura viene de dos fuentes, de un profesor que puede hacerte excitante el descubrirla o de unos padres que en casa tengan al menos una untadita de esta inquietud. Cero bolero, la incultura viene de ambos lados.
¿Feria de qué? ¡Mami, mami llévame a ver un libro!, como si fueran para el zoo de Summit Garden. Y eso es lo que yo llamo cada dos años un “Baño de libros”.
Colas y colas de gente y alumnos de escuelas, escuelitas y escuelones a quienes llevan en masa a ver a estos seres en vías de extinción. Y por supuesto, que muchos salen llevando bajo el brazo los mismos malos novelones de malos autores latinoamericanos y españoles (¿solamente?) que encabezan los García Márquez, de quien Pasolini dijo que su mayor mérito había sido el saber engañar a los críticos, Allende, Zoe Valdés, Ramírez, Mastretta, Coelho, Restrepo, Puértolas, Serrano, Montero, Etxebarria… verdaderas momias desletradas. Y si a esto le añadimos que nuestro Gene Kelly alcalde (que lo único que ha leído en su vida son las especificaciones de su pasaporte de nacionalidad gringoide y que mamita no encuentra, y los del Tribunal Electoral tampoco) quería por su parte plancharla, ¡qué más podemos esperar! Bueno, ahora como está de moda el samaritanismo con lo de: 70 tumba 100, a lo mejor les cae algo, porque para ñamerías estamos a la orden del día.
Pero hagamos un repaso por estos espacios cuya dirección solo conocen unos cuantos. Hombre de la Mancha, ha regado como mancha unas cuantas librerías, donde el escoger se convierte en encoger por no haber qué escoger, pero al fin y al cabo hacen su esfuerzo; Argosy, dulce recuerdo, sitio de encuentro del verdadero lector, ávido de lo mejor de la literatura mundial, hoy enferma de ese mal que acaba con las librerías, mantener el equilibrio entre lo actual, por desgracia muy malo y lo clásico.
Excedra, una amplia superficie fría, al estilo americano, pero ajena a la literatura vigente en los diferentes países del orbe. Menéndez, en estado terminal, después de recorrer por años espacios donde mejor ambientarse, sin darse cuenta que la cura estaba en lo que vendían y no en el sitio. Y finalmente la Cultural Panameña, con viejo aroma de avenidas Central y Perú, más técnica, que literaria, pero todavía con ese sabor de lo que el francés ha dado en llamar bouquiner, siempre hay sorpresas escondidas en sus anaqueles.
Arrocha, Sanborns y Gran Morrison, no se vistan que no van, ustedes de librerías ni jai, eso sí, con buco pocotón de libros de autoestima o de cómo me desahue... y soy feliz. El balance final es de una pobreza decepcionante, más cuando que los Amazon, FNAC, Abebooks y Alibris terminarán por restarle los pocos lectores serios que se aventuran a incursionar en sus locales.
Ahora bien, si al pasar despacio por Dolega rumbo al turistificado Boquete miras a tu izquierda, pues encontrarás una blanca casita, no como la que vieran Hansel y Gretel, pero sí con un letrero sugestivo The Book Mark. Detente y sumérgete al entrar en miles de libros de bolsillo en inglés, usados, así como ediciones encuadernadas originales y de todo tipo de disciplinas. De sus abarrotadas paredes, seguramente sacarás un par de ellos bajo el brazo. Algo insólito, pero bueno de eso está lleno el Ripley’s.
¿Que los libros están muy caros? ¡Cierto!, pero también el guaro, el blanco y las entradas para ver artistas rascapailas y pagas por ellos.
¿Y dónde dejamos a las mamás de las librerías, las bibliotecas? En este país quintomundista y lamoso, deben considerarse como de pobreza extrema, pero bueno, a jod... tocan, si ni tan siquiera en los planes de gobierno a proponer se las menciona. ¿Que soy pesimista? Por supuesto, y a mucha honra hasta que los políticos apantalladores y circenses, educadores y padres de familia indolentes de este país, me demuestren que la cultura está por encima de la rebusca.
En fin, todos (dizque) a leer, que una vez al año... no hace daño.
