Coincidiendo con el inicio del curso escolar, la Comunidad de Madrid ha anunciado una nueva ley que dará a los maestros y profesores el rango de autoridad pública, lo que los equipara a jueces, policías, pilotos y marinos al mando de una nave. La medida intenta proteger al docente y reforzar su figura, y para ello, en caso de que sufra agresiones físicas o verbales, estas serán castigadas con penas de dos a cuatro años y su palabra tendrá presunción de veracidad en caso de conflicto.
El anuncio ha vuelto a traer al tapete la falta de disciplina en las aulas españolas, y el debate, como siempre, toca los extremos: unos piensan que es un regreso a los métodos pedagógicos del siglo XIX, y otros esperan que el resto de las comunidades autónomas sigan el ejemplo de Madrid. Sin embargo, la raíz del problema es lo suficientemente profunda para limitarse a una ley, que, por otra parte, no viene mal.
Los que nos hemos dedicado a la enseñanza gran parte de nuestra vida sabemos distinguir los matices en esas faltas de disciplina. Los adolescentes, por su propia naturaleza, tienden a retar la autoridad del profesor de mil maneras, y está en el docente, de mil maneras también, encauzar la rebeldía de los jóvenes antes de llegar al castigo o llegando a él cuando se han agotado otros recursos.
Lo que está ocurriendo en España es diferente, porque de la indisciplina más o menos manejable, se ha pasado a la ofensa y a la agresión, y lo más grave es que los autores son los estudiantes… y los padres. El mismo día en que comenzaba este curso, un maestro sujetó a un niño que corría por el comedor escolar con riesgo de golpearse. El progenitor de la criatura, en respuesta, amenazó de muerte al maestro y agredió a la directora cuando quiso intervenir.
Sería injusto suponer que son todos los alumnos y todos los padres los que practican la violencia física o verbal, de hecho, los que llegan a los extremos son la minoría que hace noticia, pero los ejemplos (en ocasiones grabados con los celulares por los mismos chicos para tener una prueba gráfica de su hazaña) son escalofriantes. El más llamativo es una grabación en la que se ve a un chico que sigilosamente se acerca a un profesor que está de espaldas escribiendo en el tablero, y de un tirón le baja los pantalones. Gran regocijo por parte de la masa. No es de extrañar que algunos docentes enfermen de depresión o abandonen el oficio.
Es cierto que el respeto se gana y que la autoridad no la da un decreto. Sin embargo, no se puede inspirar en alguien algo cuya noción desconoce. Y esa es la raíz profunda del problema. La sociedad ha cambiado y el autoritarismo quedó atrás, por fortuna, pero algunos padres han perdido la capacidad de forjar seres humanos de calidad. Y eso empieza desde la cuna. Sin prisas pero sin pausas, sin agresiones ni insultos, con amor infinito pero con firmeza. La tarea no es fácil y está sujeta a errores. Esos adolescentes que no respetan al profesor –uno más de la cadena, porque tampoco respetan a sus padres, ni a sus compañeros ni a sí mismos– no asistieron en sus casas a la clase correspondiente. El profesor y la profesora no supieron darlas, aunque todos sabemos que la ignorancia no exime al culpable.
Una viñeta de Maitena resume bastante bien la situación. Una mujer le dice a otra:
-Creo que a tu hijo le faltan límites.
- Mi hijo ha tenido siempre de todo –responde la interpelada- pero si hay que comprarle límites, se los compro.
Si algo tenía de bueno aquella costumbre de nuestros padres de darle siempre la razón al profesor (incluso en las raras ocasiones en que no la tenía) era que no por eso nos sentíamos menos queridos. Simplemente había una jerarquía y estaba muy claro que éramos los últimos monos de la fila. Y si el profe se equivocaba, nos decían, estaba en su derecho –humano al fin y de cuyo error debíamos aprender- pero a nadie se le ocurría ir a la escuela a darle un trompón.
