A principios de 1998, el amplio y profundo choque entre Occidente y el islam, esa confrontación cultural, mucho más allá de las diferencias económicas y geopolíticas que se ha convertido en la principal amenaza para la paz mundial, se tomó un respiro. Irán y Estados Unidos decidieron cambiar la lucha ideológica por la libre y grecorromana.
El reformista Mohamed Jatami, el mismo que ahora está detrás del pulso al líder supremo, Ali Jamenei, había sido elegido presidente de Irán y en una entrevista con la CNN recurrió a Tocqueville para explicar que el pueblo iraní no es tan diferente del estadounidense. Los dos, según su opinión, buscan la libertad, y si los estadounidenses han creado una república democrática para conseguirla ellos han preferido una república islámica. No era imposible, a su juicio, que la lucha de civilizaciones se trocara en un diálogo basado en el respeto mutuo.
La lista de agravios en ambos bandos, sin embargo, era muy amplia y la base para establecer una relación fructífera apenas existía. Como una losa pesaba en la mentalidad iraní la prolongada humillación de Occidente, especialmente de Estados Unidos, mientras que los norteamericanos veían con repugnancia la reversión a las tradiciones más arcaicas, incluida la sumisión de las mujeres, que defendía la república islámica.
A pesar su escaso margen de maniobra, la secretaria de Estado Madeleine Albright recogió el guante. Levantó las sanciones al comercio de alfombras y pistachos y puso menos trabas a los viajes entre Irán y Estados Unidos. Las dos medidas, sin embargo, iban a tener un impacto mínimo en la tarea, casi imposible, de acercar posiciones.
Allí donde no pueden llegar los estados, sin embargo, siempre es posible que llegue un ciudadano, y siguiendo el ejemplo de Henry Kissinger, que utilizó el ping-pong para impulsar las relaciones con China en 1972, Jatami y Albright pensaron en la lucha, un deporte tan minoritario en EU como el ping-pong pero que, junto con el fútbol, es deporte nacional en Irán.
Los iraníes aceptaron encantados la inscripción de cinco luchadores norteamericanos para la copa Tajti, uno de los torneos más prestigiosos del mundo, que se celebra cada dos años en Irán, y el 20 de febrero de 1998 la bandera estadounidense ondeó en el pabellón Azadí, frente a 13 mil espectadores que la saludaron con respeto. Fue la primera vez desde la revolución de 1979 que una delegación estadounidense visitaba Irán.
El torneo se desarrolló sin complicaciones, con los iraníes dominando la mayoría de combates. Uno de los más memorables enfrentó a Melvin Douglas, campeón del mundo, y Abas Yadidi. Ganó Yadidi y al final los dos atletas se abrazaron de rodillas sobre la lona.
Era un principio en esta diplomacia persona a persona que Washington y Teherán se proponían llevar adelante.