Es fácil adivinar qué buscaba el presidente iraní, Mahmoud Ahmadinejad, con su reciente visita a América Latina, que comenzó el lunes 23 en Brasilia, siguió el martes con una escala en La Paz y concluyó el miércoles en Caracas.
Si descartamos –por desconocida– cualquier intención ligada al terrorismo, sus propósitos eran cuatro: reducir su aislamiento internacional,ampliar relaciones económicas, desafiar a Estados Unidos en su propio hemisferio y, sobre todo, buscar apoyo para un turbio programa nuclear que presenta como “pacífico”, pero tiene clara connotación militar.
Frente a este menú de objetivos, era poco lo nuevo que podían ofrecer Bolivia y Venezuela.
Su alianza con Irán viene de lejos, y se basa en definir a Estados Unidos como el enemigo supremo y a Israel –en palabras de Chávez– como su “brazo asesino”.
Chávez ha realizado siete visitas a Irán y esta fue la cuarta de Ahmadinejad a Caracas. El autócrata iraní visitó por primera vez Bolivia en septiembre de 2007, y recibió a Evo Morales un año después, en Teherán.
Como coronación a esta secuencia de afinidades, ya suman 200 los convenios de toda índole suscritos con el Gobierno venezolano. Con los boliviano han sido menos, pero igualmente excesivos dadas las condiciones del país. Aquí, el interés principal parece ser la eventual adquisición de uranio.
Todo lo anterior indica que las paradas en Venezuela y Bolivia fueron, esencialmente, redundantes: más de lo mismo.
La conclusión es que el verdadero objetivo de la gira era Brasil. Por sus dimensiones fuerza económica, legitimidad democrática, nexos con Estados Unidos, proyección global y liderazgo regional, cualquier logro, allí, sí constituía un valor agregado. Y, gracias a la cuestionable política exterior del presidente Lula, asentada en un pragmatismo oportunista y ayuno de valores, Irán se anotó un verdadero triunfo.
Una parte, nada desdeñable, fueron los contactos entre los 200 empresarios que acompañaron a Ahmadinejad y sus contrapartes brasileños; también, los 23 convenios oficiales firmados.
Pero el mayor aporte de Lula al régimen teocrático iraní fue el respaldo a su política nuclear: la misma que ha encendido luces rojas alrededor de Europa, en Estados Unidos, el Medio Oriente y el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.
Lula defendió el “derecho” de su huésped a desarrollar un programa de enriquecimiento de uranio con fines “pacíficos”. En apariencia, se trata de una declaración inocua, pero no es así: hasta ahora, todo lo que ha hecho Irán por desarrollar tecnología nuclear militar, lo ha disfrazado con ropajes civiles y de “paz”.
Es decir, para Ahmadinejad un programa “pacífico” es, en verdad, militar. De allí que la frase adquiera connotaciones tan cómplices e inquietantes.
A ella hay que añadir un remate retórico de implicaciones más serias: “Aquello que Brasil defiende para nosotros –dijo Lula–, defendemos para los otros”. ¿Quiso decir que Irán es como Brasil, lo cual implica rociarlo de legitimidad institucional y democrática, o que, en materia nuclear, Brasil es como Irán, algo en extremo perturbador?
Como “pago” a tanta generosidad, el Presidente iraní respaldó las pretensiones brasileñas de ocupar un asiento en el Consejo de Seguridad de la ONU.
Los renovados nexos entre ambos países no se dan en el vacío. Vienen de antes y se enmarcan en una orientación externa mediante la cual Lula, sin duda un demócrata moderado, privilegia una estrecha concepción de los intereses económicos y geopolíticos brasileños por encima de los derechos humanos y las alianzas democráticas.
Por ejemplo, fue él uno de los primeros gobernantes en felicitar a Ahmadinejad luego de su espuria reelección el pasado 12 de junio; actúa como virtual padrino de la dictadura de Fidel Castro; nunca critica los arranques dictatoriales de Hugo Chávez, y ha guardado silencio sobre terribles violaciones a la integridad humana en clientes de África y Asia.
Esa línea político–diplomática, tan consecuente como inconveniente, no hace sino acrecentar la preocupación por su extrema apertura hacia Irán.