Como en la crónica garcíamarquiana, fracasó la gestión mediadora de Óscar Arias en el conflicto hondureño. Pero no solamente se fue a pique la mediación del presidente tico, sino también la participación panameña liderada por el canciller Varela, que en un comunicado poco usual en estos casos, indicaba que Panamá respaldaba el proceso “para que en el término de 72 horas ambas partes lleguen a un acuerdo”.
En realidad, la mediación nació muerta. La gestión de Arias, que no es ni remotamente la personalidad influyente en el área como lo pudo ser en 1986, cuando fue firmado el Tratado de Esquipulas I, con el fin de alcanzar la paz y la democracia en la región, generó desconfianza en los grupos posicionados en cada orilla del conflicto en la medida en que en los primeros momentos de la crisis fue contundente en apoyar a Manuel Zelaya, caracterizando la situación como un virtual golpe de Estado.
Por su parte, la debilidad de la participación panameña no es ajena al despropósito que implica mediar en un conflicto subregional justamente cuando el presidente Ricardo Martinelli hasta ahora mantiene uno de sus compromisos de campaña en materia de política exterior: el retiro de Panamá del Parlacen, una de las instancias de integración política centroamericana.
Además, la tradición mediadora de Panamá a través de la Iniciativa de Contadora y, posteriormente, del Grupo de Río, bebió de unas fuentes político-culturales cuya fuerza y organicidad han variado notablemente desde hace varias décadas.
Aunque el presidente Barak Obama condenó inicialmente el golpe y suspendió transitoriamente la cooperación militar, acciones clave en la decisión de los organismos multilaterales de frenar toda entrega de dinero a Honduras hasta tanto Zelaya fuese repuesto en el cargo, lo cierto es que este compromiso paulatinamente, por la fuerza de las cosas, ha perdido fuerzas, diluyéndose en medio de juegos de poder muy ajustados a la agenda de Estados Unidos y a sus diferentes estrategias bilaterales o subregionales en América Latina y el Caribe.
Conociendo que la mediación como vía para la solución pacífica de conflictos es un recurso precioso, pero muy limitado, sobre todo en conflictos suma-cero (un lado gana y el otro lado pierde), como es el caso que nos ocupa, es legítimo preguntarse si era/es la mediación en Honduras el instrumento diplomático adecuado para ayudar a las partes enfrentadas; si, contrario al restablecimiento de la institucionalidad democrática hondureña, la mediación más bien auxilió al golpe militar.
En todo caso, esta fase demuestra que, tal como ha ocurrido en otros momentos históricos, Centroamérica vuelve a jugar una partida clave entre concepciones hegemónicas y contrahegemónicas sobre democracia y gobernabilidad.
“Hábleme del bien y del mal, le dije. El viejo indio respondió: la gente tiene adentro un perro bueno y un perro malo. ¿Cuál gana? le pregunté. Hizo una sonrisa, que solo viene por la vejez y la sabiduría, y dijo: Ése al que uno le da más de comer”. Por ahora en Honduras se insiste en alimentar con abundancia al can equivocado.