El punto culminante de la Semana Santa es la resurrección de Jesucristo. Pero para llegar a este suceso del cambio, la Iglesia recuerda algunos hechos y hace énfasis en acontecimientos que buscan transformar la vida de los creyentes.
Para ello, inicia el Jueves Santo con la Misa Crismal, que aunque no tiene relación directa con la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, representa la renovación de los santos óleos y la bendición del santo crisma que se usa en los sacramentos del bautismo, confirmación y unción de los enfermos.
La Misa Crismal es una celebración que se hace una vez al año y el encargado de oficiarla es el arzobispo, porque representa, además, unión estrecha entre él y los presbíteros de la Iglesia.
Durante esta misa se bendicen los santos óleos (aceites usados en los sacramentos) y los sacerdotes renuevan su compromiso, por lo que tiene una importancia especial para la comunidad católica.
Generalmente la Misa Crismal se hace en horas de la mañana en la Catedral y con ella se da paso a los actos de la Semana Mayor, que culmina con la fiesta pascual que significa, cambio, resurrección, se le da paso a lo nuevo y se perdonan los pecados viejos.
También el Jueves Santo se celebra el lavatorio de los pies, que resume la actitud de los cristianos y de la Iglesia ante el mundo: el que quiere ser el primero, tiene que ser el último.
Es decir, con ello se recuerda la enseñanza de humildad que le dio Jesús a sus discípulos durante la última cena.
Después de que Jesús le lavó los pies a sus discípulos se dirigió al Huerto de los Olivos, donde fue entregado por Judas y se inicia la pasión y muerte del salvador del mundo, de acuerdo a la tradición cristiana.

