Nadie puede acusar al primer ministro israelí de tirar la piedra y esconder la mano.
Benjamín Netanyahu había dicho que no podía renovar la moratoria de 10 meses –que expiró el domingo– en la construcción de viviendas en los territorios palestinos ocupados, y han sido inútiles las admoniciones –en privado– y las rogativas –en público– de Barack Obama.
Si no ha sido necesariamente el Estado israelí quien ha reanudado oficialmente la construcción, sí lo han hecho los colonos, tanto en los asentamientos autorizados por el Gobierno como en aquellos en los que son okupas autolegitimados.
Pero el que de verdad entiende de aplazamientos es el presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmud Abbas, que se ha dado a sí mismo un nuevo plazo para cumplir lo tantas veces prometido: que si no se extendía la moratoria israelí tendría que suspender unas negociaciones más que balbucientes, comenzadas hace menos de un mes.
El sucesor de Arafat le da una semana a Estados Unidos para que trate de recomponer la situación, el tiempo que tardará en tomar posición la Liga Árabe, a la que el apremiado Abbas se ha encomendado para no estar tan solo a la hora de decidir.
¿Por qué Obama ha hablado con insistencia de que en un año podía existir un Estado palestino si no tenía la seguridad de que Israel fuera a dar facilidades?
El espectáculo que está dando la diplomacia que dirige Hillary Clinton no es hoy de los más airosos, con un país de siete millones de habitantes y que tanto le debe a Estados Unidos diciendo que no impertérrito a su gran valedor.
No es imposible que se halle como tantas veces en el pasado una fórmula de las de ni sí ni no, sino todo lo contrario, que tan bien le sirven para el desmarque al gobierno de Netanyahu y que los palestinos de Abbas no osan rechazar para no perder su último apoyo en Washington.
Pero la única solución a este conflicto intratable es, sin embargo, bien conocida: una retirada israelí de los territorios ocupados, que incluya los monumentos islámicos de Jerusalén Este, y una compensación a los refugiados palestinos a cambio de una paz respaldada internacionalmente, que permita vivir codo con codo a los dos Estados, israelí y palestino.
Cualquier negociación en la que las partes no anuncien de antemano que ese es el objetivo a alcanzar, parece hoy una nueva pérdida de tiempo.