El discurso de Barack Obama en Santiago de Chile, anunciado como un gran acontecimiento que marcaría el nacimiento de una nueva era de las relaciones entre Estados Unidos y América Latina, se quedó, para desilusión de los anfitriones, en un vacío mensaje de buenas intenciones que reincidía en los tópicos más frecuentes y esquivaba los verdaderos temas pendientes para un presidente norteamericano en esta región.
Para que el discurso pronunciado el lunes hubiera servido verdaderamente para sorprender a los latinoamericanos y convencerles de que Obama, que ayer miércoles concluyó su gira en El Salvador, traía realmente un nuevo espíritu al continente, debía de haber incluido tres ingredientes esenciales que se echaron desgraciadamente en falta.
1. La aceptación de responsabilidades por el pasado. América Latina no necesita humillar al presidente de EU. Este continente no busca venganza ni el gozo romántico de hacer claudicar al imperio. Mientras EU estaba en otros asuntos, la mayoría de la sociedad latinoamericana ha evolucionado hacia la modernidad y el pragmatismo. Nadie está volviendo la vista hacia el pasado. No necesitan que Obama se lo recuerde. Cualquier presidente de EU que verdaderamente quiera pasar página tiene antes que encontrar una forma de asumir públicamente la responsabilidad de su país en el apoyo a regímenes militares que sembraron de cadáveres la región en la segunda mitad del siglo pasado y condenaron a América Latina a un duro y prolongado declive económico y moral. El Palacio de la Moneda de Santiago era el lugar perfecto para hacerlo, pero Obama no se atrevió.
2. El levantamiento del embargo a Cuba. No se puede denunciar en cada discurso la excepcionalidad antidemocrática de Cuba en la región sin aportar ninguna solución. La única posible, como hasta Obama ha reconocido indirectamente, es el levantamiento del embargo económico. Es una medida arcaica que solo sirve hoy para satisfacer el ánimo revanchista del exilio más fanático y como justificación barata por parte del régimen de Castro. Su eliminación permitiría generar un estado nuevo de presión de parte de toda América Latina a favor de la democracia en Cuba.
3. La condena de Chávez. Con la mención de las dos condiciones precedentes, Obama se hubiera cargado de razón para hacer una imprescindible crítica al sistema chavista. En lugar de eso, optó por no mencionarlo.
La Casa Blanca, como antes con George Bush, se justifica diciendo que si critican a Chávez se le regala un protagonismo que no merece. A estas alturas, ese es un argumento dudoso. Pero aunque así fuese, Obama no puede pronunciar un discurso exponiendo su doctrina sobre América Latina sin aludir a la anomalía que representa Chávez, no por su presunto izquierdismo, sino por el peligro que significa para la democracia en la región.
El riesgo para las ya relativamente maduras democracias de este continente no es el retroceso a regímenes militares; es su degeneración hacia sistemas de democracia formal pero con métodos corruptos y prácticas autoritarias, como las que ya han ido creciendo a la sombra de Venezuela. Hoy no basta con que Obama elogie la democracia latinoamericana; es preciso que defina qué modelo de democracia respalda.