No se puede estar con Dios y con el diablo, como no se puede servir a dos señores con intereses radicalmente encontrados. Ya basta de hipocresías, aunque ocasionalmente puedan ayudar a serenar tensiones crecientes. Esto es válido en la vida personal, con relación a la política, a los negocios y también en las relaciones entre los Gobiernos.
El régimen venezolano, presidido por Hugo Chávez, está marcado mundialmente por sus estrechas relaciones con estructuras del crimen organizado que sirven de instrumento operativo al terrorismo, al narcotráfico y a las operaciones de lavado de dinero negro.
Son conocidas por quienes se ocupan de estos temas, las vinculaciones con los gobiernos más forajidos del planeta y con movimientos subversivos dentro y fuera del continente.
Desde Venezuela se mueven muchos tentáculos impunemente. Es el precio de exportación del llamado “socialismo del siglo XXI”, mediante la desestabilización de la institucionalidad democrática, bien desde los gobiernos comprometidos, bien desde movimientos opositores que aspiran a tomar el poder en sus países por cualquier vía.
Para nadie es un secreto la complicidad del Presidente venezolano con la narcoguerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). No solamente se declaró neutral en el caso colombiano, sino que además solicitó beligerancia para ellos, se puso a su servicio, guardó un minuto de silencio en memoria de (a) Manuel Marulanda en la Asamblea Nacional con motivo de su fallecimiento, ha permitido que en Caracas exista una plaza y busto en memoria del terrorista, rompió relaciones con el Gobierno de ese país cuando el incidente en la frontera ecuatoriana que le costó la vida a (a) Raúl Reyes, no ahorró insultos contra el Presidente de Colombia y su ministro de Defensa y hasta llegó a decir que Venezuela no limita al oeste con Colombia, sino con las FARC.
No exagero ni un milímetro. Todo lo dicho es comprobable, sin tener que apelar, por ahora, al material de las famosas computadoras incautadas. Está siendo procesado por órganos de la justicia penal internacional. Siendo un Jefe de Estado chantajeable, cada tanto cambia su disfraz de lobo feroz por el de caperucita roja y por debajo de la mesa entrega y ofrece riquezas, espacios de soberanía e integridad territorial.
Voces calificadas de ambos países han denunciado la existencia activa de campamentos de las FARC en Venezuela. También operaciones permanentes en algunas poblaciones fronterizas bajo su control y la presencia de calificados jefes guerrilleros quienes, desde aquí y bajo el amparo gubernamental, dirigen las operaciones del narcoterrorismo.
Los venezolanos de la frontera están indefensos, impotentes, sometidos al chantaje permanente de estos grupos con la complicidad de quienes tienen la sagrada obligación de preservar la seguridad de sus personas y sus bienes.
Colombia avanza, tiene éxitos sin precedentes en esta lucha, pero los factores en vías de liquidación encuentran refugio y protección en Venezuela. Si Chávez y la Fuerza Armada Nacional colaboraran, si tuvieran los mismos propósitos que los equivalentes colombianos, desde hace años hubieran desaparecido los grupos terroristas y el narcotráfico estuviera reducido a su mínima expresión. Lamentablemente no es así.
El presidente Álvaro Uribe y los ministros de Defensa y Relaciones Exteriores acaban de formalizar una solicitud a Venezuela. Fueron asesinados ocho efectivos militares a menos de un kilómetro de la frontera venezolana, en la Guajira. Los bandidos están en Venezuela. Se sabe dónde y quiénes son. Se pide ayuda para capturarlos. La voluntad está sometida a prueba. Cada día comprendo mejor la necesidad de la persecución en caliente, cuando en lugar de colaboración hay sospecha de complicidad.