Hay personas que pasan por la vida haciendo el mal, otros simplemente cumplen con su deber, y un tercer grupo, probablemente el más pequeño, deja una huella por su trabajo a favor de los demás.
Para los primeros, la sociedad guarda desprecio; los segundos pronto son olvidados; pero los últimos permanecen en la mente de todos, recordando los frutos que su obra ha dejado.
Ellos han salido del camino cómodo para enfrentar los desafíos que su inquietud por el bien les plantea. Ofrecen los mejor de sus esfuerzos por lograr transformaciones que nos conduzcan hacia un mundo mejor. En el camino pueden cometer errores, pero nadie será capaz de cuestionar la pureza de sus intenciones.
Así mismo, hay causas más nobles que otras, metas más altas que otras, retos mayores que otros. De entre todas ellas, luchar por brindarle a los jóvenes, especialmente a los más pobres, una oportunidad de desarrollo personal mediante la educación, es seguramente una de las más altruistas, y si para hacerlo se abandonan intereses personales y se someten al escrutinio público, la misión se convierte en apostolado.
La actual ministra de Educación es una de esas personas que han escogido el camino más difícil para alcanzar la meta más alta. Treinta años de parálisis en educación pesan mucho en nuestras aspiraciones de lograr que Panamá alcance un desarrollo con riqueza y justicia social.
En ese trabajo la hemos encontrado durante toda su vida profesional, y del resultado del mismo esperamos contar con un Panamá renovado, sueño compartido por la mayoría de los panameños. Rogamos que muy pronto se recupere, y reciba el apoyo de todos en la continuación de la obra que comenzó.
