En 15 años de vida carnavalera he visitado varios sitios de nuestra geografía, como un saltamontes que busca perdidamente cultivos de arroz.
Mi recorrido empezó en Penonomé, Coclé. Bellos recuerdos de mi adolescencia. Luego pasé por los afamados carnavales de Las Tablas (Los Santos), visité Chitré (Herrera) y de allí daba pequeños brincos a La Villa de Los Santos.
Cada lugar tiene su sex-appeal, sobre todo cuando se es muy joven y el alcohol y la juerga, con numerosos grupos de amigos, es vital para celebrar.
Pero entrada en los 30 años y con un hijo pequeño, sin duda, la mejor opción fue Ocú. La tradición del tamborito, los culecos en casas de familias tradicionales del pueblo y el ambiente de seguridad, es por lejos, es mejor atractivo que ir a tomar sol por muchas horas y esperar de recompensa unas cuantas gotas de agua con sabor a combustible.
El mejor día es el domingo de polleras. Las mujeres llegan hasta La Posada de San Sebastián de Ocú para empezar una fiesta de tambores ataviadas con vestidos bellos, hechos a manos y que en muchos casos han pasado por varias manos en una misma familia.
Hay tres tunas: la de Calle Arriba, la de Calle Abajo y la del Centro, representadas por princesas que cambian diariamente durante los cuatro días del Carnaval.
Los límites para ser la anfitriona son mínimos. Solo hay que ser mayor de 18 años, y lo demás es historia. Mujeres hasta de 60 años se convierten por un día en las consentidas del pueblo, lo que de alguna manera demuestra el ambiente familiar de un Carnaval tradicional.
Cada princesa arma su ruta o recorrido, seguida de una multitud, generalmente como de 60 personas, que visitan varias casas en las que se toca un tambor o una murga.
El agua llega hasta los portales de quienes ofrecen sus residencias para recibir a las tunas. Y así, al final de los cuatro días, todo el mundo termina conociendo hasta a los que por primera vez visitan Ocú, un bello distrito herrerano.
