Me arrogo como título de mi artículo de opinión un trozo de tan ilustre poema, digna creación de un artista que pretendió en su momento exaltar el amor que se debe sentir por lo nacional.
Y es que al leer el texto completo de la poesía, siento nostalgia por la ausencia de ese nacionalismo y ese amor a la patria que debería ser inculcado desde niños y que también debería sentirse, verse y percibirse por doquier en estos días.
No obstante, al recorrer las calles de mi Panamá me topó con figuras cadavéricas, brujas, calabazas, telarañas y otros artículos foráneos que visten las fachadas de muchos comercios de la localidad. Y me imagino que en la mente de los comerciantes, sólo figura la idea de que lo extranjero vende más y mejor que lo autóctono y lo folclórico.
Atrás quedaron los tiempos de las añoradas “antorchas”. Recuerdo que el año pasado salí a buscar una en la ciudad capital y no la encontré.
No hubo. Pero lo que sí había eran las distorsionadas “dianas” que en los últimos años no son más que la ocasión que aprovechan aquellos a quienes les atrae la parranda, para dar rienda suelta al jolgorio que nada tiene que ver con “honrar a la patria”; porque antaño, las dianas eran eso: una serenata a la patria.
Comparto estos sentimientos, con el fin de que procuremos resaltar y rescatar nuestras festividades patrias.
Soy una persona contemporánea, pero siento añoranza por las conmemoraciones de antaño, según puedo escuchar de las personas de avanzada edad. En este sentido, recomiendo que leamos poemas donde se exalte a la patria y lecturas que describan los sucesos que rodearon nuestra independencia.
Hace poco leí un libro al respecto que, en honor a la verdad, me remontó a la lucha previa que lideraron los próceres para llevar a cabo la tarea de la independencia. No olvidemos que gracias a ellos hoy día somos una patria chiquita, pero independiente. Ondeemos nuestra bandera, con orgullo, en nuestros vehículos y en nuestras casas y dejemos las “calabacitas” para otros países. Tenemos nuestras propias fiestas, gocémoslas, enseñemos a nuestros hijos a disfrutarlas y ¡que viva Panamá!
