SALUDO DE BANDERAS SIN HIMNO.

Omisiones de la leal oposición

¡Ya no es lo mismo! Ayer los partidos políticos de la oposición al final de los procesos electorales solían pedir la intervención del Gobierno de Estados Unidos para evitar los fraudes. Hoy nadie osa acudir a tan deprimente recurso. Sobre todo porque algunos críticos sostuvieron en su hora que al amparo de la intervención nunca faltaron los fraudes. Pero, felizmente, ya no es lo mismo.

Lo que ayer ocurría es parte de los duros episodios de la dependencia política de una época.

En otros aspectos tampoco es lo mismo. En el pasado los partidos políticos eran severos cuando hacían oposición. Y los gobiernos aprovechaban todas las oportunidades para perseguir a los adversarios. El impuesto personal o la fagina, vigente hasta la Constituyente de 1946, era azote para los opositores. Los que no podían pagar en efectivo el feudalísimo impuesto personal ejercían a cambio funciones de peones en Obras Públicas. Los constituyentes José Isaac Fábrega y Diógenes de la Rosa recordaban en sus discursos que la orden habitual para aplicar la "fagina" a los adversarios era "a cargar cascajo". Ahora ya no es lo mismo. No porque se acabó el cascajo, sino porque se abolió la fagina.

Aquellas jornadas políticas de la década del 30 o del 40 y también del 60 hasta antes del ignominioso golpe de Estado, tan robustecidas por la vehemencia y por la lucha sin cuartel, ya no se escenifican. Aquellos líderes sociales y políticos y aquellas embestidas fiscalizadoras para someter al gobierno a todos los escrutinios, hoy no tienen ni pálidas imitaciones. La plaza de Santana, ayer tribuna de la democracia, aparece hoy rumiando recuerdos de palabras idas. La oposición de hoy, casi generalizada, es de tibias salvas de francotiradores verbales. Existe una especie de saludo de banderas sin himno. Los cantos patrióticos que amenizaban las grandes manifestaciones hoy están tan enmudecidos como congeladas están las movilizaciones políticas. Los tiempos de las grandes polémicas entre los altos dirigentes políticos y de las ediciones de periódicos como órganos de los partidos que definían posiciones ideológicas y políticas en pugna, han sido reemplazados por intrascendentes controversias frívolas y sin sustancia teórica.

Lo peor es que ciertos grupos vienen confundiendo el concepto "leal oposición". Se entiende erróneamente que la frase significa apoyar lo bueno que hace el gobierno. Y en ese apoyo algunos personajes se dedican a espulgar lo bueno para desbordarse en el servilismo. Eso no es "leal oposición". La frase es de significado múltiple. El primero es respetar y no traicionar idearios y programas que flotan en la sociedad como proclamas o como promesas, como convicciones o como perfil y alma de una personalidad política. Es el primer deber de todo partido de oposición. El segundo significado es lo que lleva a respetar las reglas democráticas del estado de derecho. Ser leal al sistema democrático. Ser leal al orden jurídico, sobre todo al que frena todo intento golpista o toda conspiración contra el orden democrático establecido. Eso se llama "leal oposición".

Está clara la diferencia conceptual. No es la lealtad que concluye en el sometimiento ni en el oportunismo ni en la política calculadora que torna a ciertos partidos de la oposición en partidas para alcanzar el poder a cualquier costo, a cualquier traición, a cualquier ensayo de hipócrita conducta.

La oposición de hoy debe ser como la oposición de antaño. Con programas y con líderes que consoliden su ideario mediante permanentes ejecutorias críticas y populares. Se miden las fuerzas, pero enfrentando soluciones a los problemas de nuestros tiempos y a las aspiraciones crónicas del pueblo. O sugiriendo las líneas adecuadas con tal capacidad que fácilmente los pueblos advierten las diferencias. Es obvio que el pulso opositor tiene distintas tonalidades, según sean los objetivos. En el método en uso se advierte todo propósito. En España, por ejemplo, el partido de la oposición, el Partido Popular que dirige Mariano Rajoy, adoptó la crispación permanente. Es una crispación ofensiva, mordaz y no carente de talento. Le niega todo acierto al gobierno. Y los males, incluyendo los provocados por la naturaleza, son endosados a la responsabilidad oficial. Se podría decir que el partido opositor ejerce sin piedad un terrorismo verbal que confunde por momentos sus reales intenciones: si están dirigidas al desgaste gubernamental, al golpe de Estado o a la provocación de una nueva guerra civil.

El tipo de oposición español no es lo que deseo para Panamá porque se corre el peligro de apartarse de la "leal oposición" en todo lo que tiene de respeto y protección a la estabilidad gubernamental y democrática.

El tipo de oposición ideal es el que examina con altura de miras la conducta cotidiana del gobierno con el ánimo de compararla con lo prometido y con las propias concepciones opositoras sobre lo mismo. Es la manera didáctica de enseñarle al pueblo las diferencias y de ganar protagonismo como fuerza de reemplazo. Pero si se enmudecen las confrontaciones respetuosas y no se pregonan las diferencias, ¿cómo puede el pueblo electoral precisar en qué se distancia, por ejemplo, el PRD de todas las fuerzas opositoras? Si todo se reduce a esporádicos fuegos artificiales o a simples burbujas periodísticas, ¿dónde encontraría el pueblo lo sustantivo de las nuevas alternativas?

El ayer político tan sensatamente dialéctico no es lo mismo al hoy tan desolado. Las nuevas generaciones no alimentan su entusiasmo político en las grandes movilizaciones populares ni en las prédicas de grandes conductores de masas.

En verdad ya nada en política es lo mismo. Por lo pronto y mientras tome sus rutas naturales, como lo exige el pueblo con ansiedad, la oposición debe ejercer, por lo menos, la "leal oposición", la que descansa en el respeto a las propias ideas pregonadas y en la lealtad al estado de derecho democrático.


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