El escenario de la educación formal panameña es preocupante. Saber que en el 2005 entraron 83 mil 114 en el sistema preescolar -dos años- frente a 430 mil 152 en el sistema primario -6 años- significa que mas de 30 mil niños anuales no tienen educación preescolar formal. Entonces, ¿quién los educa entre los cuatro y los seis años? Se quedan en casa, al vaivén de la dinámica hogareña y de la libre iniciativa de sus progenitores -en la mejor de las hipótesis. Estos dos años son determinantes en la futura vida del ciudadano. Los hábitos saludables para conducir el cuerpo, las iniciativas y orientaciones para jugar y socializarse, la destreza en la comunicación y en los actos de habla en una o varias lenguas van haciendo la diferencia entre los niños y las niñas de las sociedades prósperas y muy desarrolladas y de las sociedades de mano de obra adiestradas para la indisciplina y el subdesarrollo.
El caos educativo se incrementa cuando de 430 mil en la primaria se pasa a 155 mil en la premedia y 101 mil en la media. De un sólo borrón se dejan por fuera casi 256 mil adolescentes. En este caso, el tránsito hacia la edad ciudadana de los 18 años, en donde fisiológica, epistémica y axiológicamente se vive el potencial sexual, racional y se reconocen los valores o antivalores dominantes en el medio, se deja en manos de la improvisación que azarosamente mueve las sociedades no educadas. La educación sexual, el descubrimiento de la lógica y la razón y el sistema de valores cívicos y morales se deja al vaivén de los medios de comunicación, de las pandillas barriales y de la capacidad del corregidor, del director del centro de salud y de los grupos cívicos, deportivos y religiosos.
El combate entre la educación formal e informal entre los jóvenes de 12 a 18 años se decide a favor de los muchachos de la calle y no de los muchachos de la escuela. Si a estos 256 mil que no entran al sistema formal se añade la deserción de 174 mil niños adolescentes a partir del séptimo año, significa que ese significativo segmento de población no aprende gramática, sintaxis, operaciones matemáticas razonadas y todos aquellos elementos cognoscitivos e instrumentales tan necesarios para la vida laboral y humana en el mundo de hoy. Si la situación ayer no era preocupante, se debía a que el uso del machete y de la coa era suficiente para hacer producir la tierra y que con pocos expertos se manejaba el Estado, las empresas, los partidos y las iglesias. Ahora, las cosas son más complejas y requieren más tiempo de preparación. El tractor, el automóvil, las computadoras, la manipulación técnica de las cosas materiales y el derroche de la información basura requieren de niños con una excelente preparación preescolar y de adolescentes expertos en el manejo de su sexualidad, de sus conocimientos y de sus valores cívicos y morales.
El problema de la administración de la educación pública no es el de los fracasos. Decir que en primaria se quedaron 23 mil 477 alumnos o en secundaria reprobaron más de cuatro asignaturas 11 mil 192 estudiantes o que en la universidad 6 mil graduandos no aprobaron los exámenes de admisión, no significa que la educación no sirve o que los alumnos y estudiantes son unos vagos. El fracaso es una medición contra un estándar que hay que revisar, pero que de ninguna manera se puede suprimir. Lo importante es que se rinda, se aprenda y se tengan las destrezas, habilidades y conocimientos que exige el mundo de hoy al humano culturizado. El individuo, las familias, la comunidad vecinal, las empresas e iglesias son los agentes paraestatales para que la educación pública y privada cumpla sus cometidos. Hay que movilizar a la nación por la educación integral y productiva. Ningún presupuesto dedicado a la educación puede ser considerado una pérdida. Es la mejor inversión que tiene y puede hacer el Estado moderno.
El maestro, el profesor y el catedrático deben ser los personajes más reconocidos, ya que sobre sus espaldas cuelga el futuro de la comunidad. La consigna vieja de más escuelas menos cuarteles no ha sido superada. Es el grito que retumba en el planeta: Más y mejores escuelas y menos demagogia y corrupción.
La educación de todos es la agenda impostergable del presente y de los futuros gobiernos. Panamá debería prepararse para que todo menor de edad desde los cuatro años hasta los 18 sea entusiasmado, incentivado y si es necesario, obligado a tener una educación formal desde su instancia preescolar, básica y media. Todo universitario debe estar preparado para ejercer una actividad lucrativa y de servicio para que su educación superior adquiera sentido y proyección. El ancho escenario de las competencias universitarias es el complemento de una excelente educación preescolar, básica y media al alcance de toda familia panameña.
El autor es filósofo, abogado y pequeño empresario
