La historia se repite en espiral, solía señalar el doctor Arnulfo Arias. Marx, por su parte, sostiene en el Dieciocho Brumario que todos los grandes hechos y personajes de la historia se producen, como si dijéramos dos veces, una vez como tragedia y otra como farsa. Martín por Pérez Balladares, el PRD de 1994 por el PRD de hoy. En efecto, el toro primero y el muñeco después, han desdibujado el partido fundado por Omar Torrijos para darle continuidad política al proyecto de liberación nacional y modernización del Estado, hasta convertirlo en un colectivo de clientela política, dominado por los que, al decir del presidente Martinelli, “entran limpios al Gobierno y salen millonarios”.
No es cierto, por tanto, que el partido de Ascanio Villalaz está en dificultad. La reciente contienda electoral –a pesar de la derrota presidencial– así lo demuestra. Más de medio millón de personas votó por la nómina presidencial, lo que supone que la totalidad de los militantes torrijistas y un número significativo de prosélitos del PRD, no necesariamente considerados como torrijistas, también lo hicieron. Es más, a nivel de algunas circunscripciones electorales, el PRD alcanzó victorias históricas, tal es el caso del circuito 8-6 donde obtuvo cuatro de las siete curules en disputa. ¿Cuál es, entonces, la naturaleza o carácter de la crisis del PRD? Hay un profundo conflicto de identidad política e ideológica y un desencuentro abismal entre la dirigencia del otrora partido de Omar y las “bases” del PRD.
Es indudable que el partido de Antonio Yepes hoy ha perdido la brújula ideológica, pues ha dejado de ser una organización socialdemócrata para trocar su práctica política en la de un partido de corte neoliberal. El PRD actual no es ni la sombra del partido permanente de ayer, ahora se dice que es un organismo ¿“vivo”? o, más bien, juega vivo.
Tampoco es un colectivo político que apuesta a un proyecto nacional, de justicia social, de democracia participativa y de respeto de los derechos humanos. El PRD es, hoy por hoy, gracias a este liderazgo mezquino y miope político, el “club liberal de Panamá” de inicios de la segunda década de la República.
El hecho real es que algunos de los miembros de la cúpula del partido de Gerardo González han puesto sus agendas políticas personales, por encima de los intereses colectivos del partido y del país. Este es el verdadero trance del PRD –insuficiencia de liderazgo– y hacia este punto debe estar orientada tanto la discusión como la renovación de la gestión política.
En estos momentos es muy grande el desencanto experimentado por la población panameña, en virtud de la conducta bochornosa de los supuestos paladines del PRD, escenificada a través de diversos medios de comunicación social.
Sencillamente, porque para el ciudadano de a pie el problema no es quién traicionó primero y quién después. Para el panameño común, el problema consiste en las contrariedades derivadas de su precaria situación económica y de la inseguridad pública que vive día a día.
En consecuencia, resulta una tamaña burrada política que Martín, el Toro y Juan Carlos estén disputándose ahora la candidatura presidencial de 2014. Razón verdadera de la controversia mediática representada por los videolíderes del PRD.
En síntesis, en medio de la más descomunal depresión económica global de los últimos 80 años, de la “invivible” crisis energética planetaria, y a nivel local, del insufrible costo de la canasta básica de alimentos, de la insolvencia del sistema educativo, de salud y de transporte colectivo terrestre de pasajeros en el área urbana y de la manifiesta incapacidad de las instituciones municipales para recolectar los desechos sólidos en las principales ciudades del país, el PRD no debe ni puede abocarse a disputas subalternas. La misión estratégica es recuperar el espacio social perdido –el centro– no vaya ser que por culpa de dirigentes con luces cortas, el país pueda ser sorprendido por los extremos de izquierda o de derecha que acechan tras el descontento popular. ¡Así de sencilla es la cosa!