En los días que siguieron a las elecciones panameñas, la mayoría de los diarios españoles coincidían en el título de la noticia: “La derecha gana las elecciones en Panamá”, pero cuando en una entrevista se le preguntó a Martinelli qué significaba para Panamá que la derecha hubiera vencido a la izquierda, este salió del paso con una respuesta que fue tomada como modelo de tópico demagógico, porque contestó que no estaba ni con la derecha ni con la izquierda sino con el pueblo. A mí me dio la impresión de que el empresario no había comprendido la pregunta, no por falta de luces, sino simplemente porque esos términos no se usan en la política istmeña.
Solo puede haber dos razones para que en España se apliquen esos términos a noticias de Panamá: la primera, que los periodistas los usan para que aquí entendamos, pero como el significado es diferente en uno y otro lado del Atlántico, la visión que nos ofrecen de los hechos resulta confusa y superflua. La segunda es que esos mismos periodistas, especialmente los que cubrieron el acontecimiento a control remoto, no in situ, no acaban de entender la realidad latinoamericana, porque también aludían a Balbina Herrera como a una candidata social demócrata. Así, sin matices. Que el PRD sea miembro de la Internacional Socialista, no lo asemeja a los partidos socialistas europeos, cuyos orígenes estuvieron en las reivindicaciones de los sindicatos y trabajadores, no en los cuarteles de un dictador.
Que todos esos partidos, los de aquí y los de allí, han ido evolucionando con el tiempo es cierto, pero a pesar de la evolución, un social demócrata no pierde de vista el progreso de las clases trabajadoras, especialmente, por decir lo básico, en educación, salud y protección laboral, y aún recuerdo las reformas al Código de Trabajo que apadrinó Ernesto Pérez Balladares, perredé entre los perredés, a favor de los empresarios, o su fallido intento de reelección más propia de un cacique que de un demócrata. Balbina Herrera puede acercarse más bien al populismo y la demagogia de Chávez –de la que nos hemos salvado-, y si el panameño ha preferido a Martinelli, ha sido no solo porque la recuerda en su fase norieguista, malosa ella, sino porque los perredistas nunca han ofrecido una política social eficiente. Lo que tampoco han hecho, dicho sea de paso, otros partidos o coalición de partidos en el poder.
Esa es la razón por la que me hubiera gustado que algún periodista español se hubiera empapado del asunto y nos hubiera explicado que Panamá es diferente, que sus partidos carecen de ideología definida, que se gobierna a ensayo y error y que, esto sí se ha dicho hasta la saciedad, que la alternancia en Panamá es una constante gracias al voto de castigo. Castigo sin esperanza.
Por ese mismo motivo, creo que meter a Panamá en el mismo saco que a otros países del área es otro error de bulto. La prensa española señalaba que con Martinelli se rompía la racha de izquierdistas en América Latina. ¿A qué izquierda se refiere? No es lo mismo el socialismo de Lula o de Bachelet que el de Chávez o Evo Morales, por poner un ejemplo. De nuevo la complejidad latinoamericana se escapa a los informadores europeos, pues en Europa, la izquierda es la izquierda y la derecha es la derecha. Y uno sabe a qué atenerse con todas las consecuencias.
En lo que la prensa española se ha lucido es en la ironía. De Martinelli se ha dicho de todo. Unos lo han llamado “el rey de Panamá”, y la mayoría ha coincidido en pormenorizar sus riquezas personales y en desglosar el costo de una campaña que ha creado un personaje ficticio: el dueño millonario de la mayor cadena de supermercados del país y otras compañías, convertido en un hombre del pueblo… y caminando en sus zapatos.
Pero los zapatos que usa el pueblo no suelen ser muy cómodos. Martinelli se desprenderá pronto de ellos. Sin auténticos programas sociales, el cambio tan pregonado en esta Panamá de mis amores, quedará en lema de campaña. Me suena que, aunque él mismo no lo sepa, pertenece a una rancia y conservadora derecha.