Con la edad me he vuelto aficionado a la moda. No digo que me preocupe la vestimenta que hemos de llevar los caballeros porque, ya me lo ha dicho mi mujer hasta la saciedad, yo no soy un caballero.
Lo que me atraen son las noticias de moda femenina que uno ve en televisión. Antes, cuando salían, cambiaba de canal, y, si me tocaba ver un documental sobre microbios en el otro, la veía. Los desfiles me parecían triviales, pero desde hace pocos años ya no solo no cambio de canal, sino que busco con mano febricitante los informes sobre modas.
Cuando se lo comenté a una amiga piscoanalista, me dijo que la moda era una fuerza cultural, antropológica y sociológica, y que hacía bien en tomar el pulso de nuestro tiempo a través de las pasarelas. La teoría es bonita. Pero sospecho que, en mi caso, es más bien un problema de voyeurismo. La moda me interesó cuando a las modelos les dio por quitarse cosas de arriba y de abajo. Las gasas se apoderan de los torsos, los pechos se han liberado de los sostenes, las piernas caminan desnudas y el único aval que responde por la intimidad de la modelo es una tanga.
Si uno quiere recuperar la delicia del erotismo, la redondez fantasma de una nalga, el relámpago de sombra triangular que se insinúa bajo una velada transparencia, hay que acudir a los desfiles de moda. Ahí sí está el pecado, el fruto prohibido, la tierra prometida.
Y, como toda ilusión que valga la pena, imposible de alcanzar. ¿En qué fiesta han visto a una señora que luzca un traje de los que pasean las supermodelos en las pasarelas? Ni siquiera en discotecas. Las señoras –jóvenes y viejas– siguen usando la misma ropa de siempre.
¿Qué pasó con la moda, señoras? ¿Dónde está la candidata política con blusa transparente para mostrar la sinceridad de sus promesas? ¿Dónde la mujer con falda velada y ropa interior mínima? ¿Dónde la funcionaria de impuestos que reciba al contribuyente con el escote de Naomi Campbell? ¿Dónde el ama de casa de pantaloneta dorada y capote transparente en tono verde claro, como el que vi en un noticiero? y ¿dónde la presentadora que copie los diseños sobre los que ella misma nos hablará maravillas minutos después?
Llevo años compartiendo mi trabajo con mujeres –mucho más simpáticas, inteligentes y laboriosas que los hombres– y no he topado todavía con una compañera que se inspire en la última pasarela.
Mi conclusión es que todo es fantasía. Nadie compra nada de eso que vemos en la pasarela, porque nadie lo vende. Son una manera que tienen los grandes modistos de engatusarnos.
Al final, visten a sus clientes con las faldas de algodón y las blusas de siempre; ni siquiera tienen existencias de lo que sus modelos anuncian entre caminadas de gacela y miradas de gata. Y suspendo de inmediato estas reflexiones porque la última vez que las hice en voz alta mi mujer me tachó de viejo verde y profirió espantosa amenaza.
-Si sigues diciendo estas bobadas –me advirtió-, me mando a hacer una ropita transparente como la que tanto te gusta.
Solo al meditar en sus palabras he entendido que los modistos tienen razón: muéstrenlos, pero no los fabriquen ni los vendan. Sobre todo a mi mujer, por favor…
