Pinguícula y muscípula

Pinguícula y muscípula
‘La tiendita del horror’, dirigida por Frank Oz.

¿Qué sacas cuando cruzas una Pinguícula con una Dionaea muscípula, la abonas con 20 mil dólares y luego la alimentas con cuatro o cinco tipos?

Pues un éxito taquillero de cine que, contra toda probabilidad, se ha mantenido viable durante 50 años: La tiendita del horror (Little Shop of Horrors), de Roger Corman.

En primer lugar, me parece fascinante el nombre de la atrapamoscas, especialmente si se considera que en inglés su nombre es Venus flytrapper.

En mi mente, la partecita donde se le da a una planta carnívora el nombre de Venus, la diosa del amor, te deja pensando un poquito sobre la naturaleza del erotismo, y a la planta de marras la convierte en la máxima femme fatale del mundo hortícula, ¿no les parece?

En segundo lugar, me puse a leer sobre el mecanismo que usa la Pinguícula (ey no censuren, el nombre no lo inventé yo) para alimentarse.

A diferencia de la atrapamoscas, que cierra las hojas y apresa a los insectos que se le acercan, ésta parece una flor con pétalos normales y silvestres, pero tiene una substancia pegajosa sobre ellos.

Entonces, cuando se le montan insectos, quedan pegados y la planta secreta otra sustancia que los descompone, y de ahí en adelante, es bon appétit.

Lo otro, en este juego de palabras, es que pinguícula por una letrita nomás podría pasar a ser una contracción de “pinche película”; porque si nos ponemos a ver los hechos, la producción original, Little Shop of Horrors, definitivamente podía calificar como tal.

Aún en 1960, 20 mil dólares es un presupuesto minúsculo para rodar una película; el que además la hayan rodado en dos días, es increíble.

Y los detalles son dignos de hacer una película sobre el rodaje. Resulta que estaban tan cortos, que como extras usaban a indigentes alcoholizados que se encontraban en la calle, y les pagaban cinco dólares al día.

Y finalmente está el hecho de cómo una peliculita tipo B ha tenido tantas adaptaciones, tanto en tablas como en celulosa.

A mí se me hace que, además del fenómeno que la convirtió en cinta de culto, ayuda que un joven Jack Nicholson haya tenido un pequeño rol en la peli.

Lo que me parecería interesantes es hacer una secuela donde se combine a Audrey Jr. (el nombre de la planta) con el diablo que encarna Nicholson en Las brujas de Eastwick.

A eso sí le llamaría yo un encuentro tipo “máscara contra cabellera”, como solían decir en las antiguas series de lucha libre mexicana.


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