De la cúpula del Khmer Rouge, aquellos matarifes que con ayuda de los chinos rojos desangraron Cambodia de 1975 a 1979, sólo a unos cuantos se les ha podido echar el guante a pesar del tiempo transcurrido desde que otros comuñangas un pelín menos salvajes –vietnamitas con el apoyo de soviéticos y cubanos– los desalojaron del poder.
Resulta explicable, porque al desaparecer la República Democrática de Kampuchea el pueblo cambodiano quedó traumatizado y exhausto, habiendo perdido –nunca se sabrá con exactitud– entre 1.7 millón y 2.3 millones de ciudadanos de un total de aproximadamente 8 millones, durante aquel “periodo especial” de traslados forzados de la ciudad al campo. Y no tanto por las hambrunas cuanto por la represión sin contemplaciones de las protestas y la “rectificación de errores y tendencias negativas” proburguesas.
Como la ciencia y la tecnología occidentales no servían para nada, se abandonaron las fábricas, se cerraron los hospitales y se clausuraron las escuelas. Todo el mundo al verde, que la tierra estaba ahí y había que trabajarla. Y si alguien protestaba a buen seguro era un agente del imperialismo, esto es, un enemigo del pueblo, esto es, alguien no merecedor de las consideraciones de que gozaba el verdadero pueblo.
El principal causante de esa hecatombe, el compañero Pol Pot, falleció en una selva que consideraba su exilio en 1998 sin que nadie le pusiera un dedo encima. Y de sus compinches sólo un puñado aguarda juicio: Khieu Samphan, que presidió aquella sucursal del infierno; Ieng Sari, que fue su locuaz ministro de exteriores; la esposa de este y ministra de asuntos sociales Khieu Thirith, y Noun Chea, conocido entre los militantes como el hermano número dos.
El único que ha enfrentado un tribunal, y eso por llamar la atención al dar una entrevista a un periódico británico en 1999, es Kaing Douch Guek Eav, que era un atildado profesor de matemáticas hasta que el partido le encomendó una misión especial: lo encargó del campo secreto de internamiento para descontentos e investigaciones S-21, también conocido como Santebal o Tuol Sleng. El juicio de Douch comenzó en febrero de 2009 y ahora está concluso para sentencia.
Se calcula que por ese campo pasaron más de 16 mil infelices, si bien el acusado rebaja el número a 14 mil y precisa que a él en persona no puede atribuírsele la muerte de más de 12 mil 380 bien fuera por propia mano o como responsable de cuanto sucedía allí. Los escasos supervivientes hablan de raciones alimentarias paupérrimas antes o de falta absoluta de raciones; del recelo y la casi condena que al llegar ocasionaban la ausencia de callos en las manos o unas uñas cuidadas o el usar gafas, las cuales cuando menos lo esperabas te las reventaban en la cara; de interrogatorios con torturas inverosímiles; de golpizas con barras de metal sin otro propósito que mantener en claro quién mandaba; de la periódica obligación de ingerir tus propios detritus...
Douch, tras tanto tiempo y puede que hasta acuciado por su conciencia –a quienes creemos en milagros no nos queda otro remedio que creer en milagros–, dice experimentar remordimientos por las cosas feas que hizo y quiere que los familiares de sus víctimas sepan que gozan de su entera simpatía. Sin temor a la pena de muerte, que no existe en Cambodia, pero sí a los 40 años que le pide el fiscal, ha demandado clemencia porque él también fue una víctima del Khmer Rouge y si no hubiera matado lo habrían matado a él.
Por donde queda probado que el día en que usted se convierte en comunista, en una ceremonia con fiestecita y comelitón en la cual de manera prosopopéyica le hacen entrega de su carné del partido, o en otra discreta para no llamar la atención, pero igualmente emocionante, o sin ceremonias de ninguna clase, sino que usted en su fuero interno decide consagrar su vida a los luminosos ideales del marxismo-leninismo, ese día es el día en que usted alcanza el escalón más bajo de la especie humana.