En un artículo anterior titulado “¿Se puede enseñar ética?”, compartía con mis lectores que la pregunta más importante en torno a este tema no es tanto si se puede enseñar o aprender a ser mejores personas, sino más bien quiénes y cómo pueden enseñarnos a lograr esto.
En general, la experiencia humana nos muestra que, al menos, algunos individuos, en varios aspectos y hasta cierto punto, mejoran sus vidas moralmente. Sea que hablemos de quien supera un problema de alcoholismo o quien se convierte en un filántropo, a diario encontramos casos de significativo progreso moral. A menudo, este progreso se da en virtud de convicciones religiosas; otras veces, sin embargo, no depende de ellas. Sea cual sea el caso, lo moral es inherente a lo humano, por lo que el progreso, estancamiento o retroceso en esta materia, es independiente de las creencias religiosas.
Ahora bien, ¿quiénes nos pueden enseñar a ser mejores personas y por medio de qué métodos pueden lograr mejorarnos moralmente? Esta pregunta es sumamente compleja y asimismo su respuesta.
En primer lugar, son muchas las personas que nos ayudan a ser mejores o no. En principio, cada ser humano es un potencial educador moral. Al respecto, solemos destacar a aquellas personas que por su conducta –no sus conocimientos teóricos– constituyen buenos ejemplos a seguir. Podemos hallarles en el seno familiar o entre nuestros amigos y vecinos. No obstante, a veces no los encontramos en personas que viven en la actualidad, sino en personajes del pasado. A menudo, estos forman parte de nuestras tradiciones religiosas, y otras, de nuestra cultura laica. Así pues, hallamos estos ejemplos en la vida de una persona denominada “santa”, o en la de un prócer o maestra. Para aprender a ser mejores personas, no importa si son religiosas o no, si podemos identificar en ellos respetables modelos de conducta moral.
El aprendizaje moral supone que se puede inculcar en otras personas –en especial, en niños y jóvenes– la comprensión y práctica de ciertos valores. Sin embargo, no son las instituciones educativas las que se encargan de esto en primera instancia. De hecho, los valores no pueden ser enseñados o aprendidos de la misma manera en que se enseñan, por ejemplo, la geometría o un idioma extranjero. Los valores no son algo que, en sentido estricto, pueda impartir una escuela o un colegio. Éstos no se enseñan con libros o charlas (que son solamente instrumentos) en un salón de clases. La educación en valores es más bien un proceso que se da durante toda la vida y en el que intervienen innumerables factores que anteceden y trascienden las instituciones educativas.
Así pues, en la niñez y juventud, la enseñanza y práctica de los valores se da básicamente en el hogar, así como en las relaciones de amistad. Asimismo, a través de sus creencias y vivencias (religiosas o no religiosas) acerca del sentido de la vida, sean éstas informales o institucionales. Junto a ello, la música y los deportes tienen una poderosa influencia sobre los valores de la juventud. Ningún texto, clase, programa o método de enseñanza que se brinde en una institución educativa puede competir con todo lo anterior. No obstante, esto no significa que la escuela, el colegio (o incluso la universidad) no aporten nada en el aprendizaje de valores, o que se quiere hacer ver que su contribución es mínima y comprender por qué esto es forzosamente así. Los cursos de ética y valores en las instituciones educativas son importantes, porque contribuyen a nuestro razonamiento moral, que es solo una dimensión de nuestro desarrollo integral como personas.
En cuanto a los métodos para enseñar valores, éstos pueden ser tan variados como los valores que se tratan de enseñar. Hay algunos valores que, tal vez, solo pueden ser inculcarlos por medio de prácticas o ejercicios que corresponden a un contexto religioso o filosófico, por ejemplo, la compasión o caridad. Otros valores pueden ser impartidos y asimilados de acuerdo a otra clase de prácticas. Por ejemplo, valores de carácter cívico, institucional o empresarial. Así pues, el método será de acuerdo al valor.
En todo caso, aprender valores es una tarea ardua, interminable e indispensable. En ello siempre seremos aprendices.
