Hay un viejo y sabio refrán que llevo clavado en mi pensamiento porque me he dado cuenta que cuando más "rápido voy, más retrasada estoy". Sí, no solo yo estoy en esas condiciones, usted también querido lector o lectora. Observamos ese fenómeno natural al despedir el año viejo y mirar la llegada de otro que se vislumbra en días ocupados y atareados, frecuentemente más atareados de lo que quisiéramos. Podemos resumir que nunca pudimos terminar con todo lo que nos propusimos en el año 2007. Eso tal vez le pasó a Melchor, a Gaspar y a Baltazar, llegaron muy despacio. Llegaron el día 6 de enero.
Cada quien tiene su paso correcto, pero cuando tratamos de impulsarnos a otro diferente, pasamos por experiencias que nos hacen ir más despacio. Es nuestra elección a qué ritmo vivimos nuestras vidas, pero la montaña rusa de los acontecimientos diarios muchas veces nos empuja. El año 2007 recomendó que debemos tener control o nos controlan las responsabilidades e itinerarios.
Puede ser que los primeros días de este 2008 experimentemos y reconozcamos los grandes beneficios de la paciencia aplicada a nuestras vidas, pero pueden ser traumáticos al querer readaptar nuestro ritmo acelerado por otro más pausado. Algo tenemos que inventar, convenientemente, para estructurar nuestros horarios, sin relojes y sin calendarios.
Observamos que durante 2007, lo que empezó como algo útil se convirtió en una fuerza dinámica que nos forzó a cumplir con las obligaciones a tiempo. El mundo exterior estableció el paso, y nosotros tuvimos que ir de prisa para no quedarnos atrás. En ese apuro muchas veces fuimos demasiado lejos y, entonces, nuestros cuerpos se rebelaron, así pasamos por alguna enfermedad o algún accidente que nos obligó a ir despacio.
Fuimos conscientes en algunos momentos. Por ejemplo, cuando le pregunté a un taxista que estaba enfrente de la luz roja e insistía en tocar la bocina de su automóvil: "¿por qué hace tanto ruido innecesario, si estamos detenidos frente a la luz roja? Él contestó: "es que estoy tan acostumbrado a hacer esto, que ni siquiera recordaba que estaba esperando que cambiara la luz del semáforo". La moraleja es no guiar nuestra mente con velocidad excesiva. Esperemos, sin ruidos innecesarios los cambios de luz del semáforo que nos trae el nuevo año y la llegada, retrasada, de los tres reyes magos.
Sabemos que no es fácil tranquilizar la mente –ocupada y acostumbrada a la frustración de las tareas laborales y domésticas pendientes – a ir despacio en nuestro apresurado estilo de vida. Pero dando pasos lentos, sin consumir energía innecesaria, lograremos hacer más que cuando vamos de prisa.
El paso rápido, la preocupación y las tensiones desperdician una energía valiosa que debe ser usada de forma creativa y productiva, para disfrutar la idiosincrasia de nuestra gente, de nuestros bellos paisajes y sus alrededores, sin dejar que los relojes y los límites del tiempo regulen nuestras vidas. Hagamos una promesa de cambio positivo a los tres reyes magos.