Sucedió el 27 de abril de 1905. En horas del mediodía, hubo disturbios entre los trabajadores antillanos de la comisión del istmo y miembros de la Policía de Panamá.
Afortunadamente más fue el alboroto que las lesiones personales. Fuera de unas pocas contusiones, pare de contar.
Sin embargo, lo más preocupante era que la nueva situación estaba planteada y no se sabía, en un próximo futuro, que más podía suceder.
Los obreros extranjeros habían sido traídos con las promesas de que recibirían un trato adecuado, tras haber sido separados de su entorno nativo y todas de sus más esenciales costumbres.
Se les vendió la idea de que en Panamá tendrían una mejor vida. En cambio los sindicalistas se enriquecieron, lo cual continuó siendo motivo de ansiedad.
Con solo haber puesto el dinero para su satisfacción, absurdamente sus capitales se elevaron más y más.
El trabajo de pico y pala, sumado al sol canicular y las lluvias que no cesan de caer son algo que nadie, por más paga que reciba, acaba de resistir.
Los capataces se creían superiores y con todo derecho a la arbitrariedad.
Es indudable que el no ir al trabajo es digno de animadversión, pero volvieron a insistir que de ningún lado se han comportado bien.
Y la frase de esta semana nos dice que “La ley es una telaraña”, y en mi ignorancia lo explico: no le tema al hombre rico, nunca le tema al que mande, pues rompe, al bicho grande, y solo enreda a los chicos.
Miguel Hernández (1910-1942) poeta español, de origen campesino.
