[HAITÍ]

‘Quiero salir de aquí’

El gran anfitrión de la región se muestra dispuesto a ayudar, pero bajo ningún concepto permitirá una invasión de desheredados.

Los soldados de Estados Unidos ya hacen amigos en las calles de Puerto Príncipe. “Me llamo James y he venido a ayudaros, de corazón”, dice un tipo de más de un metro ochenta, blanco pecoso, abrazado a su fusil y a un haitiano, uno de esos negros prietos. Su presencia en las calles, sin embargo, ha evidenciado todavía más la desesperación de la gente. Desde el sábado, diversos cayucos han intentado acceder al portaaviones que el ejército estadounidense tiene atracado cerca del puerto sur, para huir de la miseria.

La iniciativa de las barcas de cartón se ha incrementado en las últimas horas. Algunas incluso alcanzaron el USS Carl Winson, una enorme embarcación que se ha instalado cerca de la costa como pista aérea alternativa, con la pretensión de subirse y escapar. De ese buque despegan y aterrizan los helicópteros que han de traer la ayuda humanitaria almacenada en Guantánamo.

Los estadounidenses trataron de desanimar a los aventureros con una grabación emitida desde un avión. En ella les incitan a desistir. “Les devolveremos a sus casas y les prohibiremos entrar en Estados Unidos”. El gran anfitrión de la región se muestra dispuesto a ayudar, pero bajo ningún concepto permitirá, según fuentes oficiales, una invasión de desheredados.

El sueño imposible de los desesperados no es otro que el de llegar a Miami, a 1,700 kilómetros de Puerto Príncipe. “Tenemos hambre” o “ayuda” son los gritos que profirieron los que alcanzaron el portaaviones, al que no pudieron acceder, no solo por la vigilancia, sino porque el navío tiene una altura de siete metros. “Lo único que quiero es salir de aquí”, sostuvo Gigalo, uno de los que pretendían echarse al mar.

Al encuentro que mantuvo James solo le faltó música. Hacía pocos minutos que varios helicópteros se habían posado en el jardín del destruido Palacio Nacional. De esos aparatos descendieron unos 200 chicos de la Army, el primer contingente, mientras que más de dos mil marines montaron su campamento en el puerto del sur de la ciudad. El inicio de su despliegue se esperaba para la noche.

Pero no solo han irrumpido en escena los añorados salvadores. Su sola llegada ha provocado que los militares de la ONU, que hasta ahora siempre pasaban de largo subidos en sus camionetas, pongan los pies en el suelo y empiecen a patrullar. O que haya mucha más presencia de la policía local. Incluso se dejaron ver los equipos de barrenderos.

Al otro lado de la valla del palacio, centenares de lugareños curioseaban y les daban la bienvenida. “Son los únicos que nos pueden ayudar a hacer un nuevo Haití, más seguro”. Lo afirma Narami, una abuela que recuerda las otras dos invasiones en los últimos dieciséis años, cuando en el cogollo del centro, a no mucha distancia, prosiguen las algaradas de los saqueadores, que dejaron al menos un par de cadáveres.

A espaldas de la mujer, la vida cotidiana continúa en uno de los más grandes campamentos de desposeídos, rodeados de basura. Por muchas veces que se vea, no deja de ser un sobresalto emocional. Sorasvel, sentada bajo un toldo, mira el espectáculo militar con indiferencia. Tiene la cara magullada y una pierna maltrecha. Está atónita. Pasó dos días bajo los escombros de su casa. La rescataron los vecinos. Perdió a sus dos hijos. “Yo solo me quiero marchar de este país”, murmulla.

En el entorno del hospital General, los ciudadanos se fotografían con los soldados, les dan la mano. “Hemos percibido que nos aprecian, nos comentan que tenían ganas de que viniéramos”, asegura un tipo rocoso, de Carolina del Norte. De momento, añade, “su actuación se va a limitar a la presencia en la calle”. De lo que se deduce que más vale que no se enfaden. La simpatía del grupo la pone el amigo James, que pese a todo parece un tanto fuera de lugar.

“¿Si esto es el Caribe, alguien entiende la pregunta de si aquí se baila?”. La conversación deriva al fútbol y a los idiomas. Dice que él habla español. Hay uno que le pregunta en el idioma de Cervantes y él responde que su conversación se limita al “me llamo Jaime” y poco más.

Uno de los haitianos le comenta que lo ocurrido es terrible.

- “He perdido a mi familia”.

- “Te entiendo, mi mejor amigo murió en Irak”. Hay lágrimas. La charla se interrumpe. El jefe ordena moverse. Jaques Gaspart es uno de los que no se han querido perder el regreso de los gringos. “Sí, que se queden mucho tiempo, les necesitamos”. Este hombre trabaja como profesor de filosofía, inglés y literatura. Está de vacaciones forzosas. No desespera. “En el mal se puede hallar el bien”.


Última Hora

  • 00:36 Un terremoto de 4.7 grados causa numerosos daños y al menos 8 heridos leves en Nápoles Leer más
  • 00:31 Mariano Rivera cambia el montículo por una jornada de golf en República Dominicana Leer más
  • 23:58 Emily Santos logra récord nacional y su tercera medalla en Santo Domingo 2026 Leer más
  • 23:28 Panamá devuelve a Colombia a una mujer presuntamente vinculada a las FARC Leer más
  • 23:16 Mercado de seguros supera los $1,000 millones en primas durante el primer semestre Leer más
  • 23:08 Abelardo de la Espriella festeja sus 48 años mientras alista su gabinete Leer más
  • 22:29 Italia suspende el Acuerdo Schengen con España y aplicará controles a extracomunitarios Leer más
  • 22:19 CONMEBOL fija postura ante plan de la FIFA y advierte: ‘El fútbol está primero’ Leer más
  • 22:09 México detiene a R1: quién es el sospechoso de idear el asesinato del alcalde Carlos Manzo y la modelo Valeria Márquez Leer más
  • 21:47 La Corte Suprema decidió que los diputados, alcaldes y ministros tienen derecho a recibir prima de antigüedad Leer más