Radiografía del ‘juega vivo’

El 54.8% de los panameños encuestados acepta haberse “colado” en una fila

Radiografía del ‘juega vivo’
LA PRENSA/ Jorge Fernández

Aunque colarse en una fila no es estrictamente un acto de corrupción, según el sociólogo Raúl Leis sí es un indicativo de una conducta propensa al “juega vivo” y al irrespeto de las normas, en especial de las éticas.

Para el sociólogo, el hecho de que el 54.8% de los panameños haya aceptado que se ha colado en una fila es una confirmación de que existe una “cultura del juega vivo” entre una gran parte de la ciudadanía. La última encuesta preparada por LatiNetwork Dichert & Neira para La Prensa también reveló que el 43.1% de los panameños aseguró que nunca se ha colado en una fila.

Un acto de corrupción es la usurpación de un bien o la obtención de beneficios por medios ilegales y colarse en una fila no necesariamente significa que se es corrupto, pero “da pie” a pensar que se puede realizar otra cosa peor.

El comportamiento del “juega vivo” se concentra en las áreas urbanas, básicamente en el eje Panamá-Colón, y se define como un fenómeno “transitista” que en el país tiene una explicación histórica, indicó Leis.

Como Panamá ha sido tradicionalmente un país de tránsito, el nativo cree que debe aprovecharse de turistas o comerciantes de paso para ganarse algo extra de forma rápida.

Es por eso, añadió, que el panameño ha desarrollado un ingenio especial para obtener algún provecho adicional antes de que el extranjero salga del país.

Este comportamiento no solo se observa en el aspecto económico, sino también en el cultural.

Contrario a lo que ocurre en Costa Rica o Colombia, en la primera conversación con un turista el panameño tutea a su interlocutor para establecer una relación de confianza que le permita sacarle más de lo que es justo.

No es que todos seamos así, indicó Leis, quizá refiriéndose al 43.1% que aseguró que nunca se ha colado en una fila. Pero en Panamá hay muchos adeptos al “juega vivo”, que no es más que aprovechar una oportunidad para obtener una ganancia personal, doblando reglas, tergiversando o engañando, añadió.

De acuerdo con el sociólogo, también hay una “doble moral” entre los ciudadanos, pues por una parte señala la corrupción de las personas que ocupan un puesto de poder, pero no aplican esas mismas críticas en su vida personal.

Leis planteó dos recomendaciones para superar, a través de un proceso gradual, la cultura del juega vivo.

La primera es la sanción moral. Por ejemplo, en países cercanos abuchean a los colados, obligándolos así a ocupar el último puesto de la fila.

La intentona de colarse es castigada con el rechazo y el ridículo, pero para eso se necesita un grupo de personas con conciencia y determinación para no dejarse perjudicar.

La otra recomendación es el estímulo. En Curitiba, Brasil, las autoridades entregaban un bono de comida (de unos dólares) a las personas que mantenían limpio el patio de su casa.

A los tres meses no había patios sucios en la ciudad.

No obstante, Leis no descartó el castigo, como última instancia, para combatir el juega vivo.

Siempre hay alguien que no se arregla aunque le regalen el cielo, y con su actitud causa daño a los demás. En estos casos sí cabe un castigo, dijo Leis.

Pero todas estas recomendaciones para erradicar el “juega vivo” funcionan mejor, dijo Leis, si hay gobernantes que predican con el ejemplo, pues “el pescado se pudre por la cabeza”.

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