Conocí a Carlos Jelenszky en la Universidad de Lousiana (LSU) cuando ambos habíamos vuelto allí para estudios de postgrado; él, en ingeniería agrícola, yo, en civil. Después regresamos a nuestros respectivos países, pero nos mantuvimos en contacto y conversábamos telefónicamente, de vez en cuando.
A su regreso a Cuba el ingeniero Jelenszky se convirtió pronto en uno de los agricultores más grandes del país, especialmente en el cultivo de arroz, destacándose como uno de los mayores productores y procesadores.
Algún tiempo después de que Castro se tomó el poder, que ha hecho de la "Perla del Caribe" una "isla del Diablo", como la célebre prisión francesa, Carlos me llamó y me dijo que vendría a Panamá y que le gustaría que nos viéramos. A los pocos días me llamó desde el hotel Continental.
La visita del ingeniero Jelenszky no era casual, había enviado a toda su familia a Estados Unidos y quería explorar las posibilidades de vivir permanentemente en Panamá, y continuar en el campo de su especialidad, la agricultura. En ese tiempo mi compadre, Pablo Bolo Espinosa Urrutia, era, además de diputado a la Asamblea Nacional, productor de arroz en Chiriquí. Los presenté y Bolo se lo llevó a Concepción para que conociera a su familia y sus fincas. Algún tiempo después Carlos y yo nos reunimos nuevamente; me dijo, palabras más, palabras menos: "Mira Alvaro, me gusta Panamá y he tomado la decisión de hacer de este país mi segunda patria...Lo he estudiado y estoy decidido...,pero me preocupa que un día de estos el comunismo llegue también a Panamá, en cuyo caso me regresaría a Estados Unidos". "Mira chico, en Cuba tuve que abandonar todos mis fierros...tractores, rastras, consechadoras, etc., una inversión grande. De modo que dejaré de ser agricultor... Si algún día tengo también que abandonar Panamá, quiero poder llevarme lo que tenga, en un maletín de mano"...
Al ver mi cara de sorpresa, agregó: "Voy a poner una joyería... Así, si tengo que salir corriendo, meteré esos frenos en un "briefcase"... y añadió: "No creas, tú también podrías, si te lo propusieras, aprender el negocio de joyero"... No lo creí entonces y tampoco ahora... Pero Carlos Jelenszky, maestría en ingeniería agrícola, cultivador de caña y arroz, puso su capacidad e inteligencia en una nueva profesión y abrió su joyería Riviera, precisamente en el hotel Continental, donde por primera vez me contó su decisión.
Afortunadamente nunca tuvo que abandonar Panamá. Su negocio de joyero prosperó; joyería Mercurio sustituyó a la original; algunos de sus hijos se iniciaron en el negocio al lado de su padre, y después de su muerte continúan haciéndolo exitosamente. Recientemente murió Carlos Jr. Al leer y escuchar los merecidos elogios que se han hecho a Carli, he pensado: Fidel nos hizo un gran regalo: la familia Jelenszky-Carvajal. Carlos fue un padre responsable y bueno, y los hijos son profesionales trabajadores, admirados y respetados por todos los que los conocen.
Cuando escribo estas líneas recuerdo así mismo lo que escribió doña Beatriz Miranda de Cabal, en Dolega, "lugar del colibrí": "Dedico este relato a los vecinos, raíces de árboles seculares cuyas semillas es esparcieron por nuestras campañas y más allá. Y también lo dedico a los descendientes presentes y futuros, con la esperanza de que mi relato sea fuente de inspiración para que ellos continúen escribiendo la historia familiar y cultural, que como trocitos de tan gran todo contribuye al final a la verdadera historia de la patria".
Este breve relato de mi amigo y compañero de LSU es también parte de esas historias familiares que, junto a otras, se convierten en historia patria.
Me alegro de que Carlos escogiera a Panamá como su patria adoptiva. Sus hijos y nietos son panameños, contribuyen al desarrollo del país, y sé que lo seguirán haciendo en el futuro.
