Los parlamentarios demócratas la consideran la “reforma del siglo”, mientras los republicanos ven en ella el camino hacia el “socialismo” y la ruina financiera. Desde hacía tiempo ningún debate político en Estados Unidos había sido sobrecargado con tantos significados políticos ni llevado a extremos emocionales como los actuales.
Para el presidente Barack Obama se trataba simplemente de todo o nada. Y aunque el “voto navideño” en el Senado es su mayor triunfo político en su primer año de mandato, el mandatario todavía no puede relajarse. Ya a principios del próximo año tendrá lugar la segunda ronda de debates en el Parlamento en torno a la reforma sanitaria, para la cual no se pueden descartar las sorpresas amargas.
El Senado y la Cámara de Representantes deben encontrar aún la “fórmula mágica”, según los últimos pronósticos de The Washington Post. La situación es a menudo incomprensible en otras partes del mundo. Mientras los estadounidenses apenas si parecen registrar la concesión del Nobel de la Paz a su presidente o no brindan mayor atención al fracaso de la cumbre climática de Copenhague, la reforma de salud es celebrada como un hito histórico.
La reforma del malogrado y excesivamente costoso sistema de salud era un sueño de décadas de los mandatarios demócratas del país.
En la memoria colectiva está aún el fiasco que se llevó a comienzos de los 90 la entonces primera dama, Hillary Clinton, que fracasó con su iniciativa legislativa para reformar el sistema frente al poder de las grandes compañías aseguradoras.
Pero también hay muchos republicanos que consideran un escándalo y una mácula para su propia sociedad el hecho de que más de 40 millones de norteamericanos vivan sin cobertura médica alguna.
En el Senado se debatió y se pugnó por los detalles hasta el último minuto. Los republicanos intentaron evitar lo que se convirtió poco a poco en inevitable con la estrategia de las intervenciones sin fin, conocida como el “filibusterismo”. Son pocas las democracias del mundo en las que siempre parece haber un pequeño truco o una última puerta abierta para evitar todavía la aprobación de una ley.
Además, los demócratas debían convencer aún a los últimos indecisos en su propio bando, por ejemplo con regalos económicos. Por momentos parecía que los senadores se disponían incluso a celebrar juntos la cena de Nochebuena. La amenaza de una tormenta de nieve pudo haber sido finalmente un argumento más para que los acalorados contendientes decidieran irse a casa puntualmente.
Obama había vinculado la reforma prácticamente a su futuro político. Era su mayor promesa electoral en política interna y su más ambicioso proyecto de cambio. Si lo consigue, sabe que pasará a los anales de la historia. Si fracasa, en cambio, deberá llevar consigo el estigma de la derrota. Por eso, evocó una y otra vez la “oportunidad histórica”. Se trata de la “más amplia reforma de salud que hemos visto jamás”, señaló, mientras reconocía por otro lado que aún quedan “pendientes duras negociaciones”.