El pacto para proteger los bosques es uno de los pocos elementos esperanzadores del vilipendiado acuerdo sobre el cambio climático de Copenhague. El referido acuerdo incorpora el compromiso de los países ricos de crear un fondo que no sólo servirá para reforzar las acciones de mitigación y adaptación al cambio climático en los países en vías de desarrollo, sino que también incluirá incentivos para evitar la galopante deforestación, concentrada mayormente en los países tropicales. Sin embargo, el acuerdo está lleno de incógnitas e inconcreciones.
Tres de los 12 puntos del acuerdo de Copenhague hacen referencia a la protección de los bosques y a la necesidad de reforzar su papel como almacenes que capturan los gases de efecto invernadero. El fondo dispondrá de 30 mil millones de dólares en los próximos tres años –y se deberá ampliar escalonadamente hasta sumar 100 mil millones de dólares en el 2020–, pero no se sabe qué parte de esos recursos será para defender los bosques.
Se ha creado un escenario esperanzador porque, por primera vez, se ha ligado el freno a la deforestación con el proceso de lucha contra el cambio climático. Pero está destinado a todas las acciones. “Falta ver cómo se financia a largo plazo y falta saber si los recursos que se destinan al bosque serán suficientes”, señala Félix Romero, de la organización conservacionista WWF.
La protección de los bosques tropicales aparece como una tarea urgente. Así lo señalan todos los expertos, y así asumen (aunque sólo en teoría) los gobiernos. La deforestación ha aparecido en los últimos tiempos como uno de los principales factores que inciden en el cambio climático. Se calcula que el 20% de las emisiones de gases que provocan el calentamiento procede de la pérdida directa de los bosques así como de su degradación (que los convierte en masas arbóreas ralas e inconexas).
El fenómeno ha resultado imparable. Las talas masivas hacen que en los países afectados los bosques se transformen en zonas agrícolas, haciendas y pastizales para el ganado o en meras plantaciones de palma –cuando no en vías de penetración en la selva–. Entre 1990 y 2005, el planeta perdió el 3% de su superficie forestal, con una reducción media del 0.2% anual, según el informe Situación de los bosques del mundo 2007, de la FAO.
Cada año resultan transformados o quemados (deforestados, a fin de cuentas) unos 130 mil km2 de bosque, sobre todo en las zonas tropicales de América del Sur, sudeste asiático y África central, África austral y oriental (mientras que en el resto se da un saldo de ganancias).
No obstante, y para ser más precisos, contando las repoblaciones y la expansión natural, la pérdida anual de bosque se cifra en 73 mil 170 km2. En cualquier caso, esa suma representa el 0.18% de la superficie forestal.
Hasta ahora, nada ni nadie parecía capaz de frenar este proceso. Sin embargo, a medida que la amenaza del cambio climático se ha hecho más clara, urge mantener y proteger la capacidad de los bosques como almacenes de carbono, entre otras acciones para mitigar el calentamiento. Las masas boscosas absorben el dióxido de carbono, que se va acumulando en forma de biomasa; y, por eso, si se tala un bosque, el carbono almacenado vuelve a la atmósfera más pronto o más tarde.
El carbono está dos años en los productos de corta duración y puede permanecer hasta 30 en los de larga duración, pero al final vuelve a ser emitido a la atmósfera, recuerdan los técnicos del Ministerio de Medio Ambiente. En este sentido, la destrucción de los bosques incrementa los riesgos derivados de los desajustes climáticos causados por la liberación del dióxido de carbono a la atmósfera.
Se calcula que la deforestación libera a la atmósfera unos 5 mil 800 millones de toneladas anuales, una cantidad aproximada a las emisiones que realizan China o Estados Unidos, los principales emisores de gases. Esa suma supone más que la totalidad de los gases generados en el transporte, uno de los sectores que se muestra más indomable en la lucha contra el calentamiento. Estas circunstancias hacen que, por ejemplo, India e Indonesia se sitúen entre los países principales emisores de gases, cuando por su nivel de combustibles fósiles les tocaría una posición más baja en este ranking.
El Convenio de Cambio Climático lleva ya años negociando y perfilando un plan para preservar los bosques conocido como el proyecto de Reducción de Emisiones de la Deforestación y la Degradación, por el cual unos 40 países con bosques tropicales podrían ser merecedores de ayudas millonarias a cambio de defender sus bosques. Algunos países ya están haciendo esfuerzos importantes para frenar esa deforestación o incluso están aumentando su masa boscosa (Costa Rica, por ejemplo), y lo que desean es recibir algún tipo de compensación a cambio de esa contribución a la mitigación del cambio climático.
Hay amplia coincidencia en que las partes del convenio deberían colectivamente lograr una reducción del total de la deforestación en los países en vías de desarrollo de al menos el 50% para el año 2020 respecto a los niveles actuales. Sin embargo, la larga negociación –desarrollada antes y durante de la conferencia– no ha convertido ese objetivo en una meta acordada y aceptada por todos.