Era una mañana lluviosa en Santa Rita, Antón, provincia de Coclé. La neblina apenas dejaba ver unos puntitos rojos en las cercas de los potreros: eran ciruelas maduras. Las bandadas de garzas metían sus zancos en los huecos que dejaban las pisadas del ganado. El jeep Willy que conducía Alfonso Manzané patinaba como borriguero en mosaico. Los correntones formaban pequeñas cascadas entre los pedregales del interminable camino. Pero una cita con el Maestro Elías, renombrado curandero botánico, bien valía cualquier sacrificio.
Una fila de enmucados campesinos era indicio de que habíamos llegado al pueblo. En las afueras del modesto consultorio había gente arrumada por todos lados. Le llevamos a un muchacho prendido en fiebre, con dolorosas úlceras en la espalda. Una mujer de largas trenzas nos invitó a pasar. Elías era un hombre acholado, recién viejo, moreno, callado, enigmático. No sé por qué me recordó al guerrillero liberal Victoriano Lorenzo. En un rincón había un frasco vacío de mayonesa con tres rosas blancas, y en una pequeña mesita reposaba una aromática botella de bay rum con hojas de pasmo (hinojos) en su interior.
El maestro pasó su mano con delicadeza sobre la espalda del niño. Tiene fuego en los riñones; denle té de laureña, salvia, agua de chayote cocido, agua maravilla. La enfermedad desapareció para siempre.
El Maestro Elías tenía fama internacional. Era conocedor de las plantas medicinales. Los llamados yerberos o curanderos populares como él, salvaron cantidad de vidas y aliviaron gratuitamente a muchos enfermos. En los pueblos no faltaban dos personajes: una rezadora y un curandero.
Pero con el tiempo una profesión que comenzó con una vocación sana, de servicio, se convirtió en el modus vivendi de gente inescrupulosa. Empezaron a aparecer los falsos profetas, mercaderes del ocultismo, los reparadores de daños. El negocio encontró terreno fértil entre los incautos, ignorantes, y también entre gente adinerada.
Los falsos curanderos y los llamados santeros comenzaron a reproducirse como las chabelitas. Curan de todo, hasta la impotencia desahuciada. Sus recintos están bien ambientados; incienso, velas perfumadas, imágenes de santos, signos esotéricos. Cuando les cae un compungido cliente, el santero lo mira fijamente a los ojos y le dice: tienes el aura débil, eres víctima de la envidia, el dinero no te alcanza, te va mal en el amor y la salud. El cliente queda maravillado por la destreza del adivino. Y sigue: te hicieron un trabajo...pero no te preocupes con....balboas yo te arreglo. El incauto, un poco más animado por su salvador, se endeuda con la primera financiera que encuentra o se deshace de los ahorros de su vida.
Esta semana el periodista Angel Sierra Ayarza, de Canal 13, presentó casos patéticos de personas que han perdido fortunas a manos de falsos santeros. Algunas curaciones también se pagan con favores sexuales. Entre más cerca estás de mí, más lejos se va el demonio, le decía uno de estos pillines a una clienta que recibía terapia en un sofá. Hay casos en que muchos de estos falsos curanderos expiden recetas médicas.
Curanderos como el Maestro Elías, por el contrario, fueron pioneros de lo que hoy es el naturalismo científico, que pregona las ventajas de la medicina botánica, de lo saludable de un régimen alimenticio vegetariano, y de lo reconfortante que es mantener la tranquilidad espiritual y la armonía con la naturaleza.
El problema de estos exorcistas de daños es tan viejo como las pirámides de Egipto. El hombre siempre buscará respuesta a los misterios de la vida y correteará la felicidad como a una mariposa con una red.
Lo cierto es que para los falsos curanderos no hay mayores problemas, siempre habrá maripositas ingenuas, alicaídas, que voluntariamente caerán en sus telarañas. Señorita, que pase el siguiente; te veo decaído, todo te sale mal, pero para todo hay remedio, ¿cuál es tu signo?...