La frase coral del tema de una alegre canción surgida de una tarde con música y sueño de verano, la he tomado para intitular esta crónica.
Nada más lejos de mi ánimo está la de asumir la vida con una visión deprimente en medio de los desastres y calamidades que han azotado al mundo los últimos días.
Sin embargo, no puedo dejar de recordar que ciertos libros me iluminan la memoria con viejas y maravillosas reflexiones.
Y precisamente, en estos días me topé con el libro que la escritora Marguerite Yourcenar le dedica a Adriano y las memorias de este sabio emperador romano considerado como uno de los espíritus más libres de la antigüedad.
El texto del fragmento dice así: “A cada uno su senda, y también su meta, su ambición si se quiere, su gusto más secreto y su más claro ideal. El mío estaba encerrado en la palabra belleza, tan difícil de definir a pesar de todas las evidencias de los sentidos y los ojos. Me sentía responsable de la belleza del mundo. Quería que las ciudades fueran espléndidas, ventiladas, regadas por aguas límpidas, pobladas por seres humanos cuyo cuerpo no se viera estropeado por las marcas de la miseria o la servidumbre, ni por la hinchazón de la riqueza grosera”.
No obstante, a veces se interrumpe la visión idílica de ese mundo que uno ha soñado, como ha sucedido este año apenas transcurrido, donde las calamidades y las catástrofes han asolado el mundo y las lágrimas y el dolor se han instalado en el corazón y el alma de miles de seres humanos que convivimos en este planeta.
En estas últimas semanas, decenas de personas han perdido la vida en accidentes de tránsito, en riñas de pandilleros, también por el desamor en las parejas, por el indeseable mundo de los narcóticos y los rejuegos de los intereses políticos y las directrices del placer.
Los más cercanos y horribles sucesos de Chile, Haití, Australia, Brasil y Japón han enlutado a la sensibilidad humana y es necesario asumir un corazón compasivo hacia el dolor de los demás tal como lo prescribe la sabiduría oriental que aconsejaba que en tiempos de dificultades había que refugiarse en la compasión y la verdad y dejar que nuestra bondad lloviera sobre todos.
