Hace 30 años, un grupo de visionarios implementó una nueva estrategia para erradicar la pobreza extrema. Decidieron otorgar pequeños préstamos financieros a las personas más humildes y necesitadas de sus comunidades, en muchos casos mujeres con pequeños niños, que nunca siquiera habían entrado en un banco tradicional.
Los visionarios prestaron no con base en una fórmula bancaria de "probabilidad de repago" o "validez de crédito", sino animados por una profunda creencia en que toda persona, sin importar su ingreso económico, aspira a ganarse la vida con dignidad y merece una oportunidad real para mejorar su situación y la de sus hijos.
Los visionarios acertaron. Los pequeños préstamos florecieron y fueron utilizados por los pobres para crear nuevas microempresas en sus comunidades, que a su vez crearon un positivo efecto multiplicador entre sus familias y vecinos. Los nuevos microempresarios, agradecidos por la confianza depositada en ellos, repagaron sus préstamos con intereses a un ritmo de repago mayor al de los bancos tradicionales. Fue un éxito rotundo para todos los involucrados; los únicos que perdieron fueron la pobreza, el hambre, la miseria y la exclusión.
Así nacieron los microbancos, cuyo éxito en disminuir la pobreza garantizó que rápidamente se extendieran por todo el mundo. Para inicios del año pasado existían más de 3 mil microbancos en el mundo, que juntos habían prestado dinero a más de 113 millones de personas, de los cuales 82 millones son mujeres responsables de sus hogares, y que subsisten con menos de un balboa al día. Los micropréstamos a estas 113 millones de personas realmente han beneficiado (a través de sus hijos y familiares) a más de 410 millones de personas, un número de gente mayor a las poblaciones combinadas de Alemania, Francia, Inglaterra, Italia, España, Canadá, Portugal, Austria, Suiza, Dinamarca, Costa Rica y Panamá.
El microcrédito funciona como una herramienta sostenible para erradicar la pobreza porque –en vez de dar caridad hoy que desaparece mañana– brinda oportunidades permanentes y sostenibles a personas tradicionalmente excluidas para que puedan trabajar y gestionar proyectos de su propia iniciativa (sus microempresas) a beneficio propio y de sus hijos y familiares. Abundan casos documentados de personas y familias que, a raíz de su micropréstamo, han logrado salir de forma permanente de la pobreza.
En Panamá tenemos la buena fortuna de tener a MiBanco, noble institución fundada hace ocho años por visionarios panameños decididos a luchar contra la pobreza de nuestras hermanas y hermanos más necesitados. MiBanco, con sus 10 mil accionistas –que no son más que personas igualmente comprometidas en ayudar a los más necesitados de nuestro país– ha prestado $42 millones a 22 mil personas, el 64% de ellas mujeres y logrado una envidiable tasa histórica de repago del 97.5%. Más allá de las cifras, MiBanco ha mejorado vidas, fortalecido hogares y creado oportunidades para los más excluidos y necesitados de nuestro país. ¡Quién otorga confianza recibe confianza! ¡Quién otorga oportunidad recibe oportunidad! MiBanco ha demostrado que –pese a algunos golpes sobre la marcha– el microcrédito es una poderosa arma para erradicar la pobreza en Panamá.
Panameños como aquellos involucrados con MiBanco –que trabajan con empeño para mejorar la condición de vida de nuestros ciudadanos más necesitados– merecen más que nuestro agradecimiento. Merecen nuestro apoyo. Seamos todos accionistas de MiBanco. Abramos cuentas de ahorro en MiBanco. Abramos depósitos a plazo fijo. Hablemos con familiares y vecinos para que apoyen. Con esto, ampliamos las oportunidades para incluir a aquéllos que más lo necesitan y sembramos dignidad en nuestro Panamá.
