Panamá y Macondo tienen el realismo mágico en común. Una y otra vez pasan las mismas cosas que parecen sólo posibles en la fantasía, pero son la triste realidad. Un ejemplo de esto es el inaudito discurso que hemos escuchado acerca de la innegable necesaria reforma al sistema de seguridad social.
El Gobierno Nacional ha dicho que la propuesta que hace mantiene el principio de solidaridad, introduce gradualidad y le da vida al sistema por otros cuarenta años. Los empresarios, por su parte, señalan que su propuesta es solidaria y resuelve permanentemente el problema de la Caja de Seguro Social. Los que se agrupan en el autodenominado "Frente por la defensa de la seguridad social", se oponen a ambas propuestas por no ser solidarias y por ser propuestas de "muerte".
Lo curioso es que todos hablan de la necesidad de que el sistema sea solidario, pero nadie hace una explicación de qué entienden por solidario. Me parece que solidaridad, como valor, nadie lo discute, pero lo que hay que preguntarse es qué representa esto en el marco de la reforma del Seguro Social.
Esto me hace pensar que estamos frente a dos acepciones de "solidaridad". La primera, la que forma parte de la discusión política, es la que se "percibe" como solidaridad. Esta, sin definirse, se le concibe dentro del sistema de seguridad social existente, es decir, sólo hay solidaridad si se mantiene el sistema actual. La otra, la que se puede definir, es la que no es parte de la discusión política y que es la que realmente tiene contenido solidario, es la real. En Panamá prevalece el realismo mágico y no la realidad, porque sólo se discute sobre la primera acepción de solidaridad.
Esta triste circunstancia se asemeja a las discusiones intelectuales de la edad media. Cuando Galileo descubre, a través de su telescopio, que alrededor de Júpiter gravitan cuatro lunas, excitado se lo comunica a sus colegas. Estos, sin embargo, no le creen. Galileo los conmina, entonces, a que lo vean por sus propios ojos a través de su telescopio, pero estos se niegan siquiera a ver. Y es que, si veían y confirmaban su descubrimiento, destruirían todo el andamiaje ideológico sobre el que basaban su existencia. En Panamá discutir el concepto de solidaridad real y no el percibido, lograría el mismo efecto sobre nuestros "dirigentes".
Así está Panamá, aquí no vale el contenido, sino el ruido, la presuposición, la percepción, lo que parece ser verdad. Y, cuando alguien señala que es posible llegar, por vía de sus propios sentidos y razonamientos, a las mismas conclusiones, entonces, los que quieren un cambio para que nada cambie y los que quieren destruirlo todo, se niegan a ver. Prefieren continuar con la discusión propia de una sociedad cerrada, en donde el fondo no tiene nada que ver con la solidaridad, sino con cuál privilegio uno es capaz de obtener presionando a los poderosos. De eso se trata todo el alboroto que hemos visto en los últimos días.
¿No me creen?, bueno, para que el estimado lector se convenza, usemos cifras reales. La totalidad de los asegurados, según la CSS, es de aproximadamente 660 mil personas. En otras palabras, toda la discusión de solidaridad (cualquiera sea su entendimiento) sólo se refiere a la solidaridad con y entre estas personas. Pero resulta que si la solidaridad sólo va dirigida a estas personas, entonces va dirigida no a las personas que están peor en nuestra sociedad, sino a las que están mejor.
¿Cómo llego a esta conclusión?, en primer lugar, porque son los únicos con trabajo formal. En segundo lugar, porque la población económicamente activa (año 2004) era de 1,357,272. Esto quiere decir que hay más de 700 mil personas que no recibirán pensión, pero nadie habla de solidaridad con ellas (entre estas personas están los desempleados, los informales, los campesinos y los indígenas). Y, en tercer lugar, porque no es un sistema que va dirigido a los que necesitan que les garanticen una pensión mínima, sino que una generación subsidia a la anterior sin distinción de si tiene o no posibilidad de lograr una pensión por sus propios medios o si es millonario.
Lo que sí hemos visto es un tira y jala para ver qué prebenda saca cada grupo interesado. Unos esperan que les den jubilaciones especiales (a cargo de otros); otros quieren que les permitan menos densidad de cuotas (a cargo de otros, por supuesto); y así sigue la lista. El hecho de que quieren que alguien más pague su prebenda, es a lo que llaman solidaridad. Al final, pagará la cuenta la clase media y los desposeídos, ya que ninguno de esos dos grupos tiene posibilidad de defenderse en contra de los grupos de interés.
Por supuesto, esto generará más diferencias entre pobres y los no pobres, y no tiene nada que ver con la solidaridad y todo que ver con el descaro. Porque los pobres serán esquilmados de los pocos recursos que se les podían dirigir desde el Estado y porque la medida empujará a más gente a la informalidad.
La solidaridad sólo puede estar presente frente a la subsidiaridad. Es decir, es un valor para ayudar a aquellos que no pueden lograr sus pensiones por sus propios medios. La solidaridad debe ser únicamente con aquellos que no pueden, a pesar de efectivamente intentarlo, lograr una pensión mínima decente.
