Hipocresía es el fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan. Es el arte de mentir hacia fuera y hacia adentro. A juzgar por las actuaciones de los individuos públicos de nuestro país, la sociedad panameña puede considerarse, sin temor a yerros, una sociedad hipócrita. Esta frecuente desconexión entre dicho y hecho, entre pensamiento y actuación o entre sentimiento y postura ha propiciado una peligrosa crisis de credibilidad en todos nosotros. Debido a los incongruentes discursos, incluso las nobles ideas se esfuman en el horizonte de la desconfianza. Para el análisis pertinente, me valdré de ejemplos enmarcados en las tres favoritas esferas de mis críticas tradicionales, la sanidad, la religión y la política.
Deseo advertir, con antelación al prejuicio, que mis comentarios no representan ataques ni a la medicina ni al sistema democrático ni a la espiritualidad de cada persona. Si su umbral de sensibilidad es mínimo, le recomiendo abstenerse de continuar la lectura. Si, por masoquismo literario, decide proseguir, evite atascar mi correo electrónico con descargas ponzoñosas y opte por enviarme cuestionamientos inteligentes, afines o adversos. En el plano sanitario, es práctica habitual de los ministros de turno prometer, al inicio de sus gestiones, erradicar las iniquidades que padecen los grupos marginados pero posteriormente es poco lo que se hace por incorporar nuevas vacunas, mejorar los índices de salud materno-infantil o reducir la frecuencia de las enfermedades tropicales que los azotan. Muchos parecen preocuparse por las vergonzosas cifras de pobreza pero pasa inadvertido el esfuerzo por educar e implementar estrategias anticonceptivas para el control demográfico o, por celos partidistas y ganas de figurar, se interfiere con el éxito alcanzado por las granjas autosostenibles en áreas rurales. Se elaboran fulgurantes arengas sobre como mejorar la situación del Seguro Social pero, en el momento oportuno, nadie quiere sacrificarse ni renunciar al estatus de comodidad o a los feudos de poder. Se promueven alocuciones sobre la ética en la práctica médica pero los galenos incumplen sus obligaciones laborales y las dirigencias gremiales no aclaran errores ni condenan actuaciones negligentes de sus miembros. Se emiten declaraciones contra la corrupción pero proliferan las anomalías en licitaciones y las asesorías fraudulentas en compra de medicamentos y adquisición de tecnología. Se destaca la relevancia de la investigación en el desarrollo y calidad de la medicina pero, a las espaldas, se bloquea su ejecución por parsimonia burocrática, mezquindad científica o egoísmo profesional. ¿Puede entonces un médico confiar en su sector? En el plano religioso, cansa escuchar a los jerarcas eclesiales hablar sobre la importancia de la democracia pero sus cúpulas de poder se escogen de forma digital, las mujeres son excluidas de puestos protagónicos y sólo son útiles para colectar limosnas, impartir catequesis y lustrar santos, se impone la práctica del celibato por mandato dictatorial o se estigmatiza a los homosexuales.
Se exige a las cortes la aplicación de justicia pero las instancias pontificias han ocultado las actuaciones de sacerdotes pederastas, trasladando de parroquia a los delincuentes con sotana para no someterlos a sanciones jurídicas, pagado indemnizaciones para silenciar a los adolescentes ultrajados o evitando que las finanzas de sus templos pasen por escrutinio fiscal estatal. Se jactan de destilar moralidad pero la clerecía denigra a individuos que opinan de manera disidente, combate la salvadora alternativa del condón a pesar de su cacareada cultura provida, veda la lectura de libros incómodos a sus creyentes o se olvida de que fue íntima aliada de nefastos regímenes militares en España, Argentina, Chile y Panamá. ¿Puede entonces un creyente confiar en su Iglesia? En el plano político, la hipocresía es mucho más evidente ya que el engaño ha sido elevado al grado de perfección. Diputados del gobierno anterior erigiéndose ahora como monitores de la corrupción cuando sus copartidarios cometían una miríada de desmanes económicos, ex presidenta refugiándose en la guarida de Ali Babá después de haber despotricado contra la nobleza del PARLACEN, diputado oficialista acusado de homicidio durante la invasión, que intenta ser actualmente el paladín de la seguridad, diputado que aceptó soborno ante cámaras pero sigue amparado bajo la inmunidad del recinto legislativo. El gobierno promete cero corrupción pero una hija del tirano, con vigente inhabilitación por delito, se agita en el mundo de la diplomacia o familiares de cercana consanguinidad se acomodan en posiciones de relevancia. Se enaltece la transparencia pero se esconden donantes de campaña y afloran indicios de intereses clandestinos en el desarrollo turístico de Bocas del Toro, en la ampliación del canal y en la perturbación ecológica del Camino de Cruces. Desprestigiados magistrados que defienden sus hirientes privilegios con inusitada vehemencia pero, en contubernio con los diputados, obstaculizan la apertura del caso CEMIS y la investigación de otros sonados escándalos. Finalmente, el presidente de la asamblea se extraña de la paupérrima calificación que recibe su honorable rebaño pero concomitantemente protege impunidades y privilegios o fomenta pactos de no agresión al archivar denuncias del órgano judicial. ¿Puede entonces un ciudadano confiar en sus gobernantes? Este vilipendiado país no soporta más hipocresías. Lo que podría ser un paraíso en prosperidad económica, justicia social, equidad educativa o sanitaria y seguridad ciudadana, lo estamos convirtiendo en un verdadero infierno, donde predomina una amenazadora incredulidad hacia individuos e instituciones. Reflexionemos, el siglo XXI debe estar diseñado para gente trabajadora, honrada, franca y genuinamente solidaria. ¿Cuándo empezamos a cambiar?