[PESO ACADÉMICO]

Teoría y práctica de la política

¿Es la universidad ‘el principio motor de la historia’ como proponía Ortega y Gasset, o es la torre de marfil adonde van a dar quienes se refugian en el pensamiento?

¿Si las universidades son los centros de enseñanza, investigación y difusión del conocimiento por excelencia, qué peso tienen las rigurosas investigaciones de los académicos en la formulación de las políticas públicas en y hacia América Latina? ¿Si la academia ha influido en la política, cuáles han sido sus logros principales? ¿Si por el contrario, su influencia ha sido mínima, qué podrían hacer para tener mayor poder de persuasión? ¿Sería deseable que tuvieran mayor influencia?

Estas fueron solo algunas de las preguntas que surgieron durante un diálogo en la Universidad del Sur de California entre más de 30 distinguidos académicos e importantes funcionarios públicos de Estados Unidos, Gran Bretaña, Canadá, Suiza, México, El Salvador, Chile, Argentina, Costa Rica, Brasil, Nicaragua y Colombia en merecido homenaje al reconocido latinoamericanista estadounidense Abraham Lowenthal, quien termina su labor docente para dedicarse a la investigación y la escritura.

El tema de la relación entre quienes dedican su vida a pensar y quienes hacen política, como ampliamente ilustró en su ponencia el profesor de Oxford, Laurence Whitehead, es antiguo y azaroso. Platón fracasó en su intento por hacer de Dionisio, el tirano de Siracusa, un príncipe virtuoso. Más realista, Aristóteles pudo haber tenido mayor influencia sobre Alejandro el Magno. Séneca fue menos afortunado con Nerón y su afán por moderar sus excesos terminó costándole la vida.

De la lectura del texto de Whitehead naturalmente pasé a mis propias experiencias como estudiante de filosofía en la década de los 60 y a mis lecturas de José Ortega y Gasset, el filósofo español que fue también diputado, y quien abogaba porque la universidad recuperara su papel original como “principio motor de la historia. Tiene que estar metida en medio de la vida, de sus urgencias, de sus pasiones”.

Hoy la universidad interviene en la sociedad, y en determinadas circunstancias y en determinados países es más que evidente que la academia tiene cierta influencia en ciertas decisiones políticas. En Chile, por ejemplo, apuntaban los embajadores Juan Gabriel Valdés, Jorge Heine y Heraldo Muñoz, la división entre académicos y políticos es menos pronunciada, y esa comunión facilitó, entre otras cosas, la transición pacífica a la democracia. Por otro lado, como destacó el costarricense Kevin Casas Zamora, la posibilidad de que una idea emanada de la academia tenga éxito es inversamente proporcional a su politización. En temas controvertidos como el de la política de EU hacia Cuba o la legalización de las drogas es difícil encontrar puentes de entendimiento.

En lo referente a las drogas, dijo el embajador de EU en Brasil, Tom Shannon, el problema político es que habría que cambiar la percepción predominante. También habría que entender que redefinir el tema como un asunto de salud y de mercado no puede prosperar si se ignora el componente de seguridad. Cambiar el énfasis del enfoque no detiene el daño colateral.

El tráfico ilegal ya no es solamente de sustancias sino de personas, dinero y armas. Además, los académicos ni están dentro del aparato de inteligencia ni tienen acceso a los informes de inteligencia que tienen quienes tienen que tomar las decisiones sobre el tema. Y abundando sobre el asunto, Joaquín Villalobos, ex comandante de la guerrilla salvadoreña y hoy consultor internacional, subrayó que es indispensable considerar las asimetrías entre EU y Latinoamérica antes de hacer recomendaciones que tienen efectos distintos en las dos regiones. En América Central más que tener un problema de drogas, lo que hay son instituciones débiles y polizetas.

Sintetizar en una columna las ideas de una treintena de latinoamericanistas en el apogeo de sus carreras es imposible. En el futuro seguiré tratando algunos de los temas que hoy dejo pendientes porque estoy convencido de que, como dijo la académica mexicana Blanca Heredia, “el conocimiento riguroso y verdadero conduce a la formulación de mejores políticas y a construir un mundo mejor”.


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