Estaba preguntándome a qué se parece la cinta transportadora de los aeropuertos. La razón es que hay situaciones que me causan una impaciencia absurda, y esperar la maleta después de un viaje es una de ellas. Para fingir que mantengo la calma, suelo hacer filosofía barata sobre lo que me rodea. De ahí que, frente al lento desfile del equipaje sobre la plataforma en movimiento, me preguntara a qué se parecía, pero no se me ocurría nada, y tampoco podía distraerme mucho, no fuera a ser que me llevara una valija que no era la mía y al llegar a casa descubriera los enseres de otro, que sería tanto como descubrir los secretos de una existencia que no me pertenece.
La monotonía del desfile se interrumpe cuando vemos aparecer nuestra maleta, y solo entonces la cinta adquiere un matiz propio. Es como el tiempo, que transcurre sin parar, desde el principio de los siglos, y en el que se nos concede un lugar, propio también, al que llamamos vida.
Sin querer había dado en el clavo. A eso se parece. Al tiempo. Una cinta sin fin y sin fisuras. Un continuo fluir que clasificamos en etapas, en épocas, en siglos o en años. Eslabones de una cadena que evoluciona y se transforma, sin que por ello los acontecimientos puedan narrarse independientemente de los que los precedieron u olvidar la huella que dejan en el futuro.
¿Hubo tiempos mejores o la memoria, tan bondadosa, se encarga de tenderle trampas a la nostalgia? Ni tan siquiera los motivos de escándalo son perdurables. Porque piedra de escándalo fueron las doncellas que perdieron la virginidad sin estar casadas, y los negros que decidieron tímidamente ocupar los mismos lugares públicos que los blancos, y las mujeres que se declararon seres humanos, y los librepensadores que se atrevieron a desafiar a las religiones, los Oscar Wilde que sufrieron la injusticia de los prejuicios, la teoría heliocéntrica antes y más tarde la evolucionista y los primeros niños probeta. Asuntos asimilados ya en los caudales de la conciencia colectiva, aunque no falten los que, por no dejar, conserven el hábito de ahogarse en ellos.
Cuando los jóvenes hablan de su mundo, del que están construyendo, cumplen con un rito eterno. El escenario es distinto sin duda, pero no su contenido. Todos en algún momento hemos querido construir un mundo diferente y mejor y hemos alcanzado algún que otro logro, pero nos hemos atrevido también a mirar con desdén el pasado, sin advertir que la historia ya estaba inventada y que muchas de las ventajas de que gozamos son una herencia que otros consiguieron con sangre y con lágrimas.
Porque lo cierto es que habrá un tiempo en que los temas escabrosos de hoy ya no serán ni motivo de conversación. Dentro de unos años, las piedras de escándalo de nuestra época, como la píldora del día después, la eutanasia, las familias compuestas por seres del mismo sexo o la clonación terapéutica serán hechos sustentados en conocimientos puestos al día, contra el que los conservadores solo podrán oponer el dogma. El mismo sustento científico que en su momento se le dio a la idea de que era el Sol y no la Tierra el centro de nuestro universo o a la certeza de que Dios no nos creó tal como somos, sino que somos el resultado de un proceso evolutivo. Y precisamente en nombre de esa evolución, los seres humanos emprenderán otras causas tan nobles como lo fueron en su momento la lucha contra el racismo, la discriminación a que estaba sometida la mujer o los prejuicios por preferencia sexual. Solo hay que darle tiempo al tiempo. La cinta sin fin sigue dando vueltas. Que cada generación apañe su maleta.