Tío Conejo sí existe

No están en las páginas impresas como Harry Potter o Caperucita Roja, pero los cuentos tradicionales se encuentran en la memoria de narradores anónimos que los transmiten de generación en generación

Tío Conejo sí existe
Felipe Acevedo es un narrador de cuentos típicos y folclóricos de Panamá. Vive en Las Tablas.

La noche apenas comienza. La imaginación de Felipe Acevedo se prende, los recuerdos se despiertan y comienza el relato de La Piedra Azul.

Esta era una vez que en un pueblo muy lejano vivían dos compadres. Uno rico y otro pobre. El compadre rico era muy malo y el pobre, como en todos los cuentos de estera, concentraba la mayor parte de las virtudes.

Cansado de su condición, el compadre pobre decide “rodar tierra” en busca de nuevas oportunidades. En ese andar conoce el secreto que le traería riqueza y felicidad.

Una gallota le contó a un tigre que en un reino se habían secado todas las fuentes de agua. Y, sin advertir la presencia del compadre, la gallota revela la forma de acabar con el problema: había que conseguir un mazo con un peso de 100 libras; darle tres golpes a una enorme piedra azul que absorbía el agua y se pronunciaban las siguientes palabras: “piedra, por la virtud que tú tienes, quiero agua”.

Y así lo hizo y el rey le dio la mitad de su fortuna.

Acevedo relata minuciosamente la historia, en medio de carcajadas, pausas y expectación. El comienzo, el nudo y el desenlace conforman un ritual, que el relator domina magistralmente.

Acevedo conoce muy poco de letras. Pero posee la virtud de encantar, con sus palabras, a niños y adultos. Sabe quién fue capaz de engañar al Tío Conejo, quién se quedó con la mitad de la fortuna del rey y por qué la Tepesa anda como ánima en pena por los ríos y las montañas.

Como muchos otros cuenteros de la provincia de Los Santos, Acevedo conserva ese legado cultural, que se transmite de generación en generación.

Los cuentos de tradición oral sobreviven, pese a Disney y otros entretenimientos modernos.

La práctica de narrar cuentos ha adoptado hoy formas diferentes. Las historias abordan temas universales: la muerte, la vida eterna, los límites de la existencia, la envidia, los celos, la competencia. Y a lo largo de la historia se han transformado y han adoptado, incluso, fragmentos de la trama de Las Mil y Una Noches o de otras expresiones narrativas universales.

La tradición narrativa oral se nutre de fábulas [Tío Conejo y Tío Tigre], historias de misterio [la Tepesa y el padre sin cabeza] y los cuentos de estera [La Piedra Azul y Juan Sabe Más que el Rey].

Antes de la llegada de la electricidad a los pueblos del interior, florecieron como forma de entretenimiento nocturno estas expresiones narrativas.

La educadora jubilada Berta Alba de Baso recuerda que aprendió los cuentos que hoy le narra a sus nietos en los 60, en el poblado santeño de Purio, cuando apenas la televisión debutaba en Panamá.

“La gente se reunía ante el cuentero como hoy se congregan los espectadores ante una pantalla de cine o de televisión”, afirma la profesora, residente en Pocrí.

No se sabe exactamente por qué a estos relatos interioranos se les llama cuentos de estera. Tal vez porque los niños se sentaban sobre un cuero para escuchar las historias o porque el narrador empezaba con la frase: “Esta era una vez”.

Alba de Baso señala que estos cuentos tienen una gran influencia en los niños por los valores, los miedos o las formas de pensar que transmiten.

Por ejemplo, con frecuencia aparecen en estas en las historias conceptos como la honestidad o la necesidad de aventurarse en la vida (rodar tierra). Sin embargo, también ayudan a conformar los miedos de los niños a los personajes que aparecen en los cuentos de misterio como el diablo, el pollito de tierra, la silampa, el padre sin cabeza, la tulivieja.

Pero el saco de un cuentero no solo contiene fábulas de conejos e historias fantásticas. Todo cuentero de prestigio debe conocer acertijos, adivinanzas, historias de crímenes famosos o de amantes despechados.

Ese es el caso de Felipe Acevedo, un relator relativamente joven (47 años), oriundo de La Llana de Tonosí.

Por ello cuando inicia un cuento le es difícil terminar. “¿Quiere saber qué le pasó al compadre rico? Yo se lo cuento”, dice Acevedo mientras se ajusta el sombrero de junco y se agarra, con decidida firmeza, a ese mundo de maravillas que recrea su mente.

Cada anécdota o cada hecho de la vida cotidiana hace relación con una historia digna de contar. Cada palabra, cada idea trae a colación un nuevo cuento. Es un reino rico y profundo, aún por conocer. Son mil y una historias de nunca acabar.

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