REFLEXIÓN

Todavía ganan los buenos: Robin Rovira Cedeño

Cierta vez, ante una pregunta de la profesora de ética y moral un estudiante respondió, de manera despectiva con el calificativo de “puta”, al referirse a cierta fémina. La profesora le dirigió una mirada de censura y le dijo: “Por favor, no diga eso. Diga, mujer disipada”.

Si bien es cierto que hay temas susceptibles a la controversia, en los que uno puede erigirse como juez o forjarse una opinión a la luz de la hoguera de la propia conciencia (y en razón de la interminable variedad de opiniones), no menos cierto es que hay quienes tratan de romantizar o idealizar lo malo para hacerlo ver, simplemente, como algo diferente, en vez de una conducta de lo que haya que escandalizarse, sentir vergüenza o remordimientos.

Leí, por ejemplo, una cita que decía: “Si te dijeran que tu tatarabuelo fue un ladrón, seguramente te ofenderías; pero, si te dijeran que fue un pirata te sentirías orgulloso”.

Pregunto: ¿Acaso no es lo mismo? Aquellos que romantizan o idealizan lo malo tratan de hacernos ver que ciertas cosas son normales.

Hace poco leí un artículo titulado: “Ya no ganan los buenos” (La Prensa, 6 de mayo de 2015), en el que se dice: “Es común que muchos no se sientan culpables, porque no creen que hayan hecho nada malo. Se ven como la representación de los personajes, canciones o poemas con los que se identifican. Pueden trasladar esta identificación a casos reales que ven en las noticias de los periódicos y la televisión…. Las series y las películas intentan que el entorno que crean sea realista, similar al que viven los telespectadores. Dan por supuesto que la violencia es inseparable de la vida cotidiana. Los medios se hacen eco de la normalización de la violencia y buscan la sorpresa con nuevas estructuras en noticias e historias. Es común ver al personaje de una serie acompañado de armas. Los creadores intentan romper con el esquema argumental al que los espectadores están acostumbrados. Aparecen historias en la que la violencia no solo va dirigida a acabar con el enemigo del protagonista. En los niños esto puede provocar confusión al identificar la figura que representa el bien y la que representa el mal. Los héroes tampoco están a salvo. El horror rodea las historias y los valores que antes las generalizaban se pierden. Se rompe el equilibrio entre el bien y el mal. Ya no ganan los buenos”.

Romper con el esquema argumental o el equilibrio entre el bien y el mal es peligroso. Esto es lo que lleva a algunos adultos a sentir admiración por Hitler, por ejemplo. O es lo que hace que algunos jóvenes sientan admiración por cualquier otro mercader de la muerte, como si se tratara de un héroe.

“No creo en más revolución que la del corazón humano”, decía Gandhi, y el maestro de maestros dijo: “Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios… (Mateo 15:19).

“¿Queréis revolución? –pregunto José María Velasco Ibarra– Hacedla primero dentro de vuestras almas…”.


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