Turismo de guerra

La primera vez que viajé a El Salvador recorrí de noche la autopista de Comalapa. Una carretera larga y oscura que comunica el aeropuerto con la ciudad, apenas alumbrada por focos amarillos de talleres y fondas ubicados a sus costados.

Invitada a un taller por el Instituto Interamericano de Derechos Humanos (IIDH), mi conocimiento sobre el país centroamericano era escaso: Mauricio Funes, presidente; la circulación del dólar, desde 2001; el fantasma de varios años de guerra...

Así que llegué a medianoche a la colonia Escalón y allí, en medio de ese barrio de muros altos y edificios nuevos para oficinas, dormí como reina en el exclusivo Crowne Plaza.

A la mañana siguiente, tal vez porque en el hotel se llevaba algún tipo de seminario, noté que por el vestíbulo se paseaba un puñado de soldados estadounidenses armados y escoltados.

No me gusta caminar entre hombres con armas.

El día y medio de taller transcurrió en una sala de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, en el Boulevard Los Próceres. Allí, oyendo y escuchando, caigo por fin en cuenta:

-“¿Fue aquí donde mataron a los jesuitas?”-

Alguien me dice que sí.

El 11 de noviembre de 1989, el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) empieza una “ofensiva” sobre la ciudad de San Salvador. Cuenta Jorge, taxista de turismo, que esos días de noviembre no paró de escuchar disparos. ¡Taca, taca, ta... Pum, pum....Fiuuuuuu... Pla!

“La guerra civil se había concentrado en el interior... Pero cuando el FMLN entró a la ciudad, todo esto que usted ve por aquí estaba revuelto”, añade, señalando la calle frente al parque Cuscatlán.

Siete jesuitas fueron asesinados por los militares el 16 de noviembre de ese año, a las 2:30 de la madrugada. También fallecieron dos mujeres. La foto de los sacerdotes asesinados es casi un símbolo de la guerra civil salvadoreña, y se puede encontrar fácilmente en internet.

Jorge es un hombre de voz suave, de unos 30. A él le comenté mi deseo de conocer el centro histórico de San Salvador, y de las aprensiones que compañeros de viaje habían manifestado sobre el periplo: “No vaya. No se lo recomiendo”, me dijeron. Pero Jorge estuvo más positivo: “No se preocupe, yo la llevo”. Fue así como empezó este recorrido.

Vea Por las calles de San Salvador


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