Hoy como ayer, con motivo de cualquier conflicto doméstico surgido en el seno de una de sus facultades, la reforma de la Universidad de Panamá (UP) cobra singular actualidad. Durante los últimos 22 años, entre 1994 y 2016 –es decir, en “la era del rector-amo Gustavo García de Paredes”–, se mantuvo un reclamo sostenido por una reforma fundamental.
La agitación estudiantil durante todo este tiempo se ha alimentado por una preocupación condicionada y es posible que si el fervor de las últimas generaciones de universitarios no se hubiese desviado tras el revoloteo de las serpentinas, y su solidaridad gremial no se hubiese quebrantado por una prematura intervención en la política sectaria, a esta hora esa juventud llevaría muy adelantada la obra iniciada por el Dr. Octavio Méndez Pereira en 1935.
La juventud de los últimos años no estaba convencida de que la reforma de la educación constituía, por sí misma, la bandera de una política más alta y trascendental que la que se empeña en conquistar efímeras posiciones electorales.
Los universitarios tornan hoy al campo de la lucha reformista, y es preciso que su regreso sea el síntoma de la continuación de las viejas y gloriosas jornadas. Hacía falta su empuje en el actual momento de la vida panameña; también como contingente de iniciativas inteligentes y elevadas. No obstante, ante el gran prospecto de reformas que urgen en la UP, el mezquino punto de partida del actual movimiento estudiantil, con su cortejo de falta de iniciativa y de buen sentido, queda reducido a una ocasional insignificancia. Renegaríamos de nuestro pasado si contempláramos con indiferencia el retorno de los universitarios a la agitación reformista. El trascurrir de toda nuestra juventud ha sido una sola batalla por la reforma educativa; la integridad de nuestro presente está consagrada a esta empresa, y la ilusión del porvenir será verla realizada.
Definida esta posición, que no puede ser otra sino la de marchar, hombro a hombro, con los nuevos contingentes universitarios –igual que marchamos con nuestros discípulos en la grave y alegre faena de la investigación científica–, quiero hacer un llamado a los universitarios de todas las escuelas para que pongan en orden sus pensamientos, mediante la previa organización de su contenido.
No es posible el triunfo de un movimiento sin plena conciencia de lo que se desea. El contenido de los prospectos reformistas ha venido acumulándose por el esfuerzo congruente o incongruente de las últimas generaciones; es el sustrato de aspiraciones permanentes lo que precisa tener en cuenta.
La obra de los comités ejecutivos (en que sobresale el pensamiento de quienes ocupan destacadas posiciones oficiales), de los congresos y asambleas de universitarios, constituye un arsenal de iniciativas, cuya consulta daría una orientación bastante clara sobre cuáles han sido las aspiraciones de los hombres nuevos de los últimos 30 años.
En lo que atañe a la reforma estrictamente universitaria, hay algunos puntos con los que, al parecer, han estado de acuerdo los sucesivos movimientos, y sobre los que he expresado mis ideas en varias ocasiones.
Primero, un aspecto que podríamos llamar funcional o más propiamente teleológico, referente a los fines y propósitos mediatos o inmediatos de la UP. Es claro que el objetivo fundamental de la universidad panameña debe ser el mismo que el de las más ilustres universidades del mundo, es decir, la formación de personal idóneo para el desempeño de las altas profesiones liberales y para el bueno manejo de los asuntos del Estado.
El aspecto orgánico de la universidad incluye todos los reclamos que se han formulado sobre la unidad, vinculación y cooperación de sus diversas secciones. Esta es una de las fases de más difícil y clara apreciación.
La UP no existe como tal, pues lo que hemos convenido en llamar así es un conjunto inarmónico de facultades aisladas que desarrollan un esfuerzo conexo, y muchas veces, infecundo. Esto lo he repetido, insistentemente, desde hace 25 años.
En conclusión, la unidad, la vinculación y la cooperación no serían posibles sin una modificación fundamental en la administración y dirección de la Universidad de Panamá.